Daño nuevo

Moyogalpa, 2011


De pronto llego a la conclusión de que alguien dejó abierto el portón del manicomio y, a la vez, las puertas de la carnicería. Se escaparon todos: los locos y las carnes, y la calle principal de San Juan del Sur parece un desfile de desquiciados, y muslos, piernas, pechugas y alguna que otra vaca y un montón de cerdos también. Una locura estructural en la que la mitad de los asistentes parece dedicarse a vender sustancias embriagantes, la otra mitad a comprarlas, y todos a consumirlas. La cerveza y el ron corren sin delicadeza ni fin y las chicas exhiben las esculturas de sus cuerpos como en una galería. Mis amigos, los supervivientes del pueblo, alborotados con tanto cliente y víctima potencial en la dura batalla por ganarse unos pocos dólares. La competencia es brutal: jóvenes de ambos sexos seducen turistas (no es prostitución, nadie ha insinuado tal cosa: es sólo un intercambio de favores y deseos) y en las calles, cada cierto tiempo, pasa alguien repitiendo: «coca, mota».

En el hostal encuentro a una mujer llorando. Cometo la torpeza de preguntar qué le ocurre y me cuenta todo un melodrama: Vino a Nicaragua con su novio y éste se volvió loco con las nicas y se deshizo de ella. Ella, con cuarenta y tantos años, se siente indeseada, fea, vieja; entonces me mira con ojos aborregados y trato de ser amable (quizá también sincero) y le digo que no, que en realidad es una bella chica, etcétera. Se ha bebido media botella de Flor de Caña y los ojos le brillan con oscuros destellos; pone su mano en mi antebrazo, la mirada se le alumbra un poco más. Entonces reaparece el ex-novio y ella comienza a llamarlo asshole y otras lindezas y le pregunta: «¿Por qué no puedes ser sensible e inteligente como este chico?» y como en efecto a veces soy sensible e inteligente, aprovecho la ocasión para desvanecerme en delicado mutis. Pura bioquímica: la peste a desesperación aleja a cualquiera. Por otro lado

la guerra con Costa Rica parece haber estallado ya: todos los cohetes chinos suenan en la noche y sus luces alumbran el pueblo y la playa. Los reguetones de moda se repiten sin parar, hasta el hartazgo, el odio criminal, las exageradas ganas de matar al responsable de tal abuso. A todo volumen la fiesta continúa durante días y noches hasta perder la cuenta, ignorar el calendario y vivir de espaldas al tiempo. A veces me dejo llevar por la marea y encallo en mi cuarto o en la playa, sólo o con amigos, al margen de esa calle llena de música y gringos y señoriras venidas desde Managua, a salvo del inmenso caos en que se ha convertido este pequeño pueblo playero. El Cristo que desde lo alto del cerro vigila la playa parece fruncir el ceño ante tanto desvarío colectivo. En la madrugada, las arenas tiemblan bajo el peso de las parejas en pleno fornicio...

*

Abro los ojos y la luz me ciega. Decido entonces que es hora de huir hacia la calma, retirarme en busca del merecido descanso. Recojo mis cosas, limpio las evidencias de mi paso por esa habitación con balcón y me despido de San Juan a bordo de un taxi hasta la orilla del lago. Ahí está el ferry Che Guevara pero zarpa tarde y no quiero esperar y me da igual, así que tomo una embarcación pequeña y bamboleante. Durante una hora damos tumbos por la superficie del lago más grande de Centroamérica hasta el puerto de Moyogalpa, en la isla de Ometepe.

Ometepe está formada por dos volcanes, el Concepción y el Maderas. Son dos islotes volcánicos, circulares, siameses, unidos por una barra de tierra. En conjunto tiene una extensión de 276 kilómetros cuadrados (la del lago es de unos 8000 km2) y no hay más de treinta y cinco mil habitantes. Llego a Moyogalpa con una amiga que también huye de San Juan y nos refugiamos en un hostal en cuyos patios viven una ardilla, dos monos, un pato, un venado, una iguana, un perro y varios gatos (afuera, en las calles, hay otra fauna). Cierro la puerta y duermo durante horas, o días, o quizá una semana entera, no lo sé, y limpio mi organismo de toxinas: El noble arte de la autodestrucción requiere de un delicado equilibrio, es menester combinar los estadios de locura y desenfreno con otros de calma e introspección, en aras de no morir en el intento.

De vez en cuando salgo del cuarto y me siento a hablar con el propietario del lugar, hombre de unos ochenta años. Se presenta: «Soy Indio Viejo, así me llaman todos desde hace cuarenta años». Habla con acento francés, le pregunto cómo naufragó aquí y responde que es culpa de su abuelo. «En realidad yo nací aquí ---dice--- pero me llevaron a Europa cuando era un niño y estuve siete décadas fuera. Mi padre odiaba todo lo español y latinoamericano, así que en casa no se hablaba más que francés, por eso hablo con este acento de mierrrda», dice, arrastrando la erre hasta el infinito. Estudió derecho constitucional y trabajó en dos procesos interesantísimos: la descolonización africana y el derrumbe de la URSS: «Fue hermoso ---cuenta con ojos perdidos--- participar en los debates y redacciones de todas esas constituciones de todas esas nuevas repúblicas; sobre todo con las ex-soviéticas, pues no queríamos destruir cierto espíritu heredado del socialismo, a la vez que teníamos que matar otra parte de ese mismo legado». Ahora, con su familia, regenta este pequeño y tranquilo hostal en Ometepe.

Aún no recorro la isla, y salvo unas breves caminatas por el pueblo, apenas he salido de «casa». Tras varias semanas en aquel infernal delirio del paradisíaco San Juan lo único que necesito es descanso, lindas mañanas y mucho café. Luego, con calma, comienzo a repasar las promesas, sueños y deseos inconclusos del año pasado y los reciclo para este que comienza. Me instalo en el patio y descubro que apenas puedo balbucear, a pesar del loco deseo por escribir y escribir y escribir y olvidar que el mundo existe y obsesionarme con la historia que se inventa en el papel y con los personajes robados a la realidad y esos breves instantes de la vida que uno logra reinventar. Ganas de sumergirme en mundos reales e imaginarios, de apropiarme de un pedazo de universo y jugar con él y, por último, si queda tiempo, reorganizar un poco mi existencia.

Ya luego habrá tiempo para visitar la realidad.

Moyogalpa
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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