Hace unos días un joven taxista despotricó con hondura contra la clase política nacional, no muy distinta ni menos corrupta que la de otras naciones que he visitado. La certeza del robo consuetudinario, de que las grandes obras se emprenden sólo por la comisión que dejan, por los contratos que se reparten, por los beneficios que arrojan, es compartida por muchos. No se trata de un discurso ideológico ni de clase: pobres y ricos, académicos e iletrados, izquierdistas y derechistas: todos ven lo que acontece en un país que parece concentrar en su seno todos los males del presidencialismo y de un Estado paternalista que como por azar olvida sus funciones más elementales y profundas. El «liberalismo» del que tanto se presume parece cojear tanto como el «socialismo» que otros enarbolan con ficción.
En los cuatro meses pasados en Panamá no recuerdo haber oído a nadie defender, ensalzar o siquiera simpatizar con el presidente en turno, ni con ninguno de sus predecesores, aunque a la vez cierto fatalismo e inevitabilidad flota en el ambiente. En el mejor de los casos, como dice el mencionado taxista, se le reconoce que aunque roba y se enriquece, construye, pero todos cuestionan el pobre desempeño de la educación pública, el abandono de las barriadas, de los pueblos de la costa atlántica. Sin embargo, la crítica al presidente, aquí o en China, no suele, por desgracia, ir acompañada de la crítica al presidencialismo. En el fondo, todos esperan que algún día llegue un «presidente bueno», como si tal cosa pudiera ser posible. El hartazgo hacia los políticos tampoco se refleja en una genuina y profunda crítica de la política misma, sino, una vez más, se sustenta en la vana esperanza de que algún día aparezcan los tan mentados políticos «honestos y genuinamente preocupados por los problemas del pueblo». Del Estado, claro, se espera que un día resuelva los problemas derivados de su propia existencia...
Aún así, admito haberme enamorado de esta ciudad enloquecida y desigual a la que llega gente de todo el mundo en busca de una oportunidad: no hay aquí industria ni cultura, pero desde luego comercio no falta. Hace unas noches, en la inauguración de una exposición de pintura, hablaba con un valenciano, y al preguntarle cómo había encallado aquí, respondió: «Es que con la crisis en mi país tuve que salir a buscarme la vida». No es él un empresario, un hombre de negocios, sino un trabajador asalariado en el eterno «rebusque». No es el único europeo que he conocido aquí, y a diferencia de los encontrados en otros países de Centroamérica, éstos no son (o no sólo) hippies en busca de marihuana y aventuras baratas, pero tampoco ricos inversores: ocurre que a pesar de todos los pesares, Panamá es un buen sitio para cualquier emprendedor, grande o pequeño.
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No hay conexión terrestre entre la América Central y la del Sur. La carretera se trunca al arribar a la Selva del Darién, el tapón natural que separa a Panamá de Colombia. La selva, territorio natural de kunas (o dules), emberás y waunanas, está infestada de traficantes, guerrilleros y paramilitares. Es una situación tensa, aunque no nueva, la que se vive en esa frontera intransitable. Parece difícil que algún día se abra un camino entre ambos países, ambos fragmentos de un mismo continente: unos temen una invasión de delincuentes; otros, de trabajadores «ilegales»; unos más, la destrucción de la selva y sus pueblos originarios, agrupados en comarcas autónomas. Alguna vez oí sobre la posibilidad de una carretera costera, pero lo cierto es que parece un proyecto remoto. Un querido amigo colombiano comentó un día: «Somos muchos [colombianos] en Panamá, y si abren la carretera seremos muchos más». La migración, en todo caso, es el terror contemporáneo en este mundo que cada día se estrecha más.
Las heridas del larguísimo conflicto colombiano no están del todo cerradas, ni las de la aún más larga historia compartida entre Panamá y Colombia. No es que se odien ni mucho menos, pero las panameñas resienten la dura competencia que viene del otro lado de la frontera, y los panameños, pues también. Hablo de trabajo, que conste; de cultura laboral, digamos. Aunque Panamá haya sido la más remota provincia colombiana, lo cierto es que hace más de un siglo que adoptaron banderas diferentes, y eso es más que suficiente para que se produzcan algunos ligeros choques. También es cierto que el migrante suele estar dispuesto a trabajar más duro que cualquiera, pues una vez que ha dejado atrás el hogar y sus certezas no queda más remedio que construir uno nuevo, comenzando desde cero. Eso, sumado al incesante contrabando de estupefacientes, impide (o excusa) la apertura fronteriza.
Así las cosas, el tránsito entre ambos cuerpos continentales sólo puede ser completado por aire o por mar. Durante semanas rumié las distintas posibilidades, tratando por todos los medios de evitar el avión. Los barcos turísticos resultaron demasiado caros para mi presupuesto (y demasiado turísticos para mi gusto), así que a través de amigos se abrió la posibilidad de viajar en un carguero a Ecuador, idea que me llenó de sueños marítimos. Por diversos encuentros decidí comenzar la parte sudamericana por esa nación y no por Colombia, pero después de mucha espera quedó claro que lo más sensato es volar, so pena de quedarme en semieterna lista de espera. Me apresto pues para internarme en ese no-lugar llamado aeropuerto, y de ahí a ese otro «ascensor» que es el avión.
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Panamá, en conjunto, ha sido una gran experiencia urbana. Un querido amigo cubano, joven de buen vivir, al ver mis andares comentó: «Chico, es que tú puedes estar una noche bebiendo whisky en Punta Paitilla (la zona rica de la ciudad) y a la siguiente vas y te metes en El Chorrillo (barrio infecto y peligroso)», y tiene razón. Son los contrastes de la urbe, sus inequidades y tensiones, las que la hacen el todo que es. Siempre me ha sorprendido, aunque aquí más que en otras capitales, la poca movilidad de los grupos sociales dentro del espacio común; lo que no provoca sorpresa alguna es el común desprecio hacia la policía, compartido por todos los sectores sociales, económicos y políticos, pues ésta parece dedicarse a cobrar «multas» y a molestar a los jovencitos que salen de parranda, sobre todo si han cometido la torpeza de nacer con la tez oscura. A propósito de ello, una hermosa y coherente expresión aprendí en los barrios de esta capital financiera y estatista, y que se usa para anunciar la inminente presencia policial: «Cuidado, ahí viene el gobierno»...
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