Cosas de la patria

Suchitoto, 2010


Al llegar a la terminal un soldado revisa mi mochila. No me molesta y me dedico más bien a observarlo a él y a su fusil. Él debe tener unos veinte años y es pequeño y robusto; el fusil parece más joven y mortífero, de grueso calibre. Más de una hora dura el viaje, cincuenta kilómetros parando en pueblos y caseríos. Así se llega a Suchitoto, un pequeño poblado colonial al norte de San Salvador, cerca de un lago que se formó hace cuarenta años con la construcción de una represa. Fue la segunda ciudad en ser fundada en este país, y no parece haber crecido desde el siglo XVIII. Antes de partir busqué alojamiento por internet. En un portal turístico, entre las reseñas de hostales y pensiones, encontré una descripción interesante: «un sitio con ambiente bohemio y filosófico». Reí un buen rato, claro: nunca en mi vida había imaginado que un hotel pudiera ser aprehendido desde el territorio de la metafísica, ineludible en aras de soportar las tribulaciones de la cotidiana existencia. Por eso, al llegar al poblado en cuestión —sergioleonesco, semivacío bajo el sol del mediodía— me dirijo con paso firme al refugio de mis angustias, una casa colonial con habitaciones baratas y una terraza que en las noches es escenario de inéditos desvaríos colectivos de orden fenomenológico.

Lo administran dos hermanos en torno a los sesenta años, pintores, paisajistas, nombrados Moisés y Saúl. El propietario es otro pintor, aunque hace años que no pinta. Dicen que era bueno; le pregunto dónde puedo ver algún cuadro suyo y responde con modestia: «En cualquier banco, en la oficina del gerente» (más tarde, ya avanzada la noche, afirmará: «Cuando vuelva a pintar, muchos tendrán que dejar de hacerlo», y los otros pintores, cabal, estallan en carcajadas). Al llegar al hotel, decía, me quedé atorado en el vestíbulo hablando con los hermanos, uno con boina y enormes bigotes que le otorgan cierto aire bretón (además blanco, y con el alcohol enrojece) y el otro, concentrado, pinta pequeños paisajes con calles empedradas y árboles con miles de diminutas hojitas. Creo que pasaron tres o cuatro horas antes de que pudiera entrar a mi habitación, abstraído como estaba con el encuentro, las anécdotas de la guerra, el exilio que también vivieron, el eterno Roque Dalton, las diatribas contra el medio cultural, la crítica al presidente y otros etcéteras que consumieron media tarde. No sé si puedo describirlo: llegas a un sitio, conoces a los presentes, te sientes como en casa y sabes que puedes hablar a gusto de cualquier tema. Este tipo de conexiones no pueden ser analizadas o entendidas con frialdad, quizá porque no son frías. Explicarlas, entonces, suele ser un ejercicio vano...

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Hay fiesta en el pueblo. Celebran la independencia, o alguna otra fecha patria. Paseo entre puestos de comida; en la calle han montado una disco móvil, estridente como ella sola. Me mantengo a prudente distancia, desde donde escucho al Dj incitar al público: «¿¡Quieren reguetón!?» y el público —¡mierda!— exclama: «¡Síiiii!». Entonces doy media vuelta y me alejo, impulsado por el hambre. Llego a la pupusería y me zampo cuatro. Las pupusas son unas tortillas de unos diez centímetros de diámetro, gruesas, de harina de maíz o de arroz y rellenas con queso y frijoles, o queso y espinacas, o queso y camarones, o queso y lo que sea. Admito haberme vuelto adicto a esas cosas, llegando a consumir varias dosis al día, empeñado en probar todas las variantes.

Vuelvo a la fiesta. Cerca caminan unos chicos: «Mirá vos, si esto está lleno de bichas», exclama uno con franca excitación. Es la fiesta anual, la noche en que se es libre en medio del tumulto, la nocturnidad, la alevosía y la ventaja (la música ha cambiado, ahora suena el techno y los adoquines tiemblan bajo los embates del bombo). Me siento en la acera con una cerveza y un cigarro y me dedico a observar el ir y venir de las parejas, las risas, los bailes, los policías y soldados que cuidan la noche (como si esperaran un atentado o una revuelta), los jovencitos apoyados en los muros, viendo a las chicas pasar. Después de un rato me aburro, regreso al hotel, donde varios pintores se han reunido al amparo del ron y la cerveza. No puedo evitar reír con esa conversación en la que algunos deploran el estado del arte nacional mientras otros se jactan de éste (he oído tantas veces la misma discusión). La noche se alarga entre chistes, anécdotas y canciones (una guitarra pasa de mano en mano, espero que no se cante algo de Silvio). Inevitablemente se habla de Cuba y me electrizo: «¡coño, si hasta el Viejo acaba de reconocer lo que todos sabemos desde el siglo pasado, cojones!», exclamo con y sin sentido del humor. Algunos ríen y otros fruncen el ceño. «Para mí ser revolucionario significa no moverme de mis convicciones», resume uno de ellos, y lo cierto es que se me estremece la dialéctica al oírlo...

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Toda familia tiene una historia de la guerra. Toda familia vivió a su manera la fractura que ésta impuso (un hijo soldado y otro guerrillero, los extremos de izquierda y de derecha malviviendo en el mismo hogar, el politizado y el apolítico sentados a la mesa): en cada casa un drama distinto pero siempre igual. Cualquiera tiene un muerto, un desaparecido, un torturado o un exiliado. Imposible saber cuántas mujeres fueron violadas a lo largo del conflicto. Mi casera, en San Salvador, me cuenta sobre su hermano, desaparecido poco después de unirse al Frente; su padre, tras recorrer el país en busca del hijo, revisando cadáveres ajenos (decapitados, desmembrados, desollados), acumuló en esa búsqueda sin resultados cualquier cantidad de úlceras, que un día reventaron. Luego me cuenta lo ocurrido a su madre: «Pasaron los aviones ametrallando porque se habían escondido unos subversivos en el barrio. Ya ves que aquí el techo es de lámina; la bala lo atravesó, mamá estaba sentada ahí mismo y le dio de lleno. Cuando mi hermana trató de levantarla ya se le salían las vísceras»...

Están también los relatos de los vividores —¿quizá el lumpemproletariado del que hablaba Marx?—, pobres que se aprovecharon de los pobres extorsionándolos sentimentalmente: «Señora, me envía su hijo, no ha venido porque está enfermo y mire, dice que si le puede enviar unas medicinas y un dinerito», y la señora, que sabe que su hijo se ha unido a la guerrilla, del que no tiene noticias desde hace meses o años, que se niega a aceptar que quizá esté preso, o desaparecido, o muerto, entrega lo que tiene y lo que no con tal de aliviar el sufrimiento del hijo ausente, quien siempre será su bebé. Y este chantaje, quizá uno de los más bajos que se pueda concebir, se extiende durante años, hasta la muerte de los interesados o hasta el fin de la guerra, lo que ocurra primero. Y en las noches, de nuevo en Suchitoto, bebiendo ron nicaragüense con los amigos pintores, escucho historias similares porque ellos también, como todos los demás, tienen sus muertos y gustan de recordarlos en voz alta.

Parece ser una catarsis colectiva, sin duda necesaria.

Suchitoto
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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