Civilización

San José, 2011


Desde niño me apasionan todas esas tonterías de fantasmas, muertos vivientes, invasiones extraterrestres, robots biológicos, antropología cósmica, civilizaciones perdidas y demás estupideces. No es que crea en esas cosas, es que me gusta retorcerme en lo fantástico, aun si otros insisten en su realismo. La fascinación por lo desconocido, desde luego, es algo heredado. Desde que el homo se volvió sapiens, comenzó a inventar historias en torno a aquello que no podía explicar por mera observación o empiria (lo que hay más allá de la cúpula celeste, o después de la muerte): a fin de cuentas, somos narradores natos, así orales como pictográficos o alfabéticos. Toda tradición cultural, todo folclor, todo pueblo, está lleno de mitos en torno a los primeros hombres y mujeres; en todas hay dioses que vienen del cielo, de las estrellas. Las grandes narraciones de hecatombes, pérdidas y salvaciones ocasionadas por dioses o demonios llenan nuestra existencia. La mitología es el antecedente de la historia; un primer intento por explicar el mundo, una crónica naïf —si se quiere— mas no por ello menos bella que la real.

Así, me fascinaron las leyendas de civilizaciones antiguas más avanzadas que la nuestra, las maldiciones de tumbas egipcias, los continentes tragados por el océano, los mundos subterráneos o las bases en el lado oscuro de la luna, lo mismo en la literatura que en los documentales seudocientíficos que la televisión vende como información. Todavía hoy, si me encuentro un «documental» de fantasmas me siento a verlo, y si tropiezo con una novelita barata de ciencia ficción le dedico un par de horas sin vergüenza alguna. Fue eso lo que me ocurrió el otro día, cuando en pleno aburrimiento literario me cayó uno de esos libros llenos de «misterios revelados» con los que el autor intenta tejer una Historia alternativa de la humanidad que se remonta a varios millones de años atrás, cuando nuestros antepasados, que llegaron del espacio exterior, convivían con los dinosaurios. Para ello une las pruebas más disparatadas para armar su tesis, cita a los charlatanes más grandes de la historia occidental como si fueran verdaderas autoridades y arremete contra los científicos e intelectuales que conspiran para silenciar la verdadera historia. Una vez más, si se tratara de una ficción aceptaría sin chistar su irracionalidad; como documento verídico lo único que puedo hacer es reírme con (y de) sus alucinantes razonamientos. El chiste, en cualquier caso, consiste en disfrutarlo.

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«Un racionalista es un individuo limitado, subdesarrollado y degenerado que no obstante es suficientemente listo para crecerse apelando a la abusiva teoría del criterio de la razón», asegura el autor. Suena a broma, claro: los más grandes escritores fantásticos han sido impolutos racionalistas (Verne, Shelley, Poe, Lovecraft, Asimov, Clarke, Dick, Borges, Bioy Casares) y los más grandes científicos poseen una imaginación desbordada, imprescindible para explorar nuevas hipótesis y teorías. La conspiranoia se desata aquí contra «las lumbreras de la ciencia oficial», esa pandilla de vagos que dedica su vida académica a desacreditar el trabajo de los «verdaderos arqueólogos», los que estudian la Atlántida, Mu o Agartha. En consecuencia, se burla de las absurdas ideas evolucionistas de Darwin mientras da crédito a la teosofía de Madame Blavatsky. El autor, un francés quejumbroso que comenzó su carrera escribiendo historietas fantásticas acabó creyendo en su propia ficción, presentándola como ciencia e historia.

Entonces, los Ancestros Superiores llegaron a nuestro planeta provenientes de Venus hace unos 40 millones de años («hay pruebas fehacientes de ello»). Estos Instructores, herederos de una civilización avanzada, diseñaron inteligentemente a los primeros Iniciados. Como en todas las culturas hay dioses que vienen del cielo, «eso indica que provenimos de extraterrestres» (el astronauta de Palenque, o los del antiguo Egipto; o incluso las aureolas de los santos, que son en realidad cascos). En Nazca, Perú, hay pistas de aterrizaje para naves espaciales, y en ese mismo país, en Ica, hay un fabuloso museo con genuinas piedras talladas, «de 200 mil años de antigüedad», donde se relatan transplantes de corazón, de cerebro, humanos conviviendo con brontosaurios, y otra lindezas. El autor advierte que hay un mensaje oculto que transforma por entero el conocimiento de la humanidad pero, por desgracia, no puede hacerlo público, como tampoco puede decir dónde se encuentra el yacimiento, la fuente, de esas piedras. Todo lo demás es cut-and-paste de esoterias, mitologías y leyendas varias, citadas para dar coherencia a su relato. El famoso continente hundido, por ejemplo, con su avanzadísima tecnología que nadie ha visto, demuestra que fuimos creados por una civilización alienígena, alimentando una cosmogénesis en la que —en tanto ávido lector de ciencia ficción— me encantaría creer.

Pero no puedo.

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«Nada me gustaría más que tener la certeza de que los extraterrestres nos visitan. Disfrutaría estudiando su tecnología, su ciencia, su lengua, su cultura. Por desgracia no hay prueba alguna de que así sea», dijo, con éstas u otras palabras, el físico y divulgador Carl Sagan. Desde luego, sería fascinante saber que provenimos de una cultura tecnológica a miles de años luz de aquí: las ciencias, las artes, las ideologías, las religiones, las culturas todas se replantearían; habría nuevas preguntas y nuevos misterios por resolver. La duda filosófica llegaría al punto de dudar de sí misma. Pero estamos a la inversa; poco importa que la investigación genética nos muestre el dibujito del ADN y nos explique su significado (cierto, hay que estudiar un poco para entenderlo): todo eso forma parte de la gran conspiración mundial para ocultar la Verdad, y la Verdad, no lo olvidemos nunca, no requiere ser demostrada, simplemente es...

Entonces me quedo dormido. Sueño con cosas raras, platillos voladores, extraterrestres no-humanoides, rayos y centellas, y al despertar, sin entender cómo ni por qué, ya no estoy en el simpático pueblito caribeño, sino en el centro de San José, en medio de una avenida atestada de automotores y gases, con mi mochila de cosmonauta. Comprendo, en ese preciso instante, que la auto-teletransportación es una realidad absoluta: basta creer con firmeza en ella, tener buen karma y concentrar toda la energía del inconsciente en el sitio de destino.

Sin duda es más cómodo que el bus...

San José
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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