El día es tan bello que me arruina las ganas de trabajar. No es fácil concentrarse cuando la lluvia ha limpiado la ciudad, el sol brilla, no hace frío y las voces de la ciudad se cuelan por las por las ventanas. Me pregunto qué hago encerrado en casa, frente a la computadora, hablando solo, y en un arranque de intolerancia laboral huyo hacia la calle, abandonando toda obligación previa.
El centro de la ciudad es un delicioso y atronador caos no exento de belleza y violencia. El tráfico es una locura interminable en la que se mezclan cacharreados automóviles del siglo pasado y modernos vehículos de lujo, motociclistas sin casco que pasan a toda velocidad, vendedores con carretones a la vera del camino. En los edificios, oficinas llenas de burócratas de todo rango y condición. Hay comercios de todo y para todos los gustos y presupuestos. Gran parte del dinamismo de la urbe parece concentrarse en esta zona a veces un tanto histérica. Una calle de zapaterías, otra de joyas, otra de aparatos electrónicos, otra de ropa. El comercio llamado legal y el ilegal conviven con tropiezos y surrealismo, y no es raro ver a un policía que hace guardia junto a un vendedor de discos piratas. Cualquiera diría que trabaja para él...
A lo largo del camino encuentro a varios grupos de anarquistas y anarco-punks en pleno ejercicio de la militancia ácrata, repartiendo Unidad Popular, periódico del Partido del Trabajo. En un número anterior de ese pasquín encontré una deliciosa oda al dictador norcoreano Kin Jong Il titulada «Un general con voluntad de acero», y firmada por la embajada de la República Popular de Corea. Dos páginas antes, la reflexión de Fidel Castro.
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El cruce entre los residuos de una cultura indígena que de pronto parece posmoderna, el catolicismo premoderno y eclesial y el acelerado liberalismo que se expresa con templos cubistas, escasamente metafísicos, retrata al centro de la capital. Los restos del Templo Mayor de los aztecas conviven con la Catedral papista y con las imponentes edificaciones del capital transnacional. El pomposo Palacio de Bellas Artes parece haber aterrizado ahí, sumándose a la incongruencia generalizada. En medio, una retahíla de construcciones «menores» que recorren la historia de la arquitectura civil de los últimos doscientos años, a veces con acierto, a veces no.
Esta convivencia transcultural, estos tres mundos, o visiones del mundo, conforman en buena medida la duda nacional. Qué es el mexicano, o qué significa serlo, parece ser uno de los conflictos identitarios recurrentes. Cada cierto tiempo la cuestión reaparece, estimulada por los acontecimientos, por los exabruptos de la realidad. Para unos, México es indígena y neoprehispánico, o algo así; para otros es el último gran bastión del catolicismo, y para unos más, se trata de un país moderno que ya ha dejado atrás los estadios antes mencionado. Lo cierto es que ninguna de estas tres visiones es cierta, al menos no en absoluto. El mestizaje es el eje de esta sociedad, mestizaje que no debe ser visto como un asunto meramente racial, sino como el incesante proceso de contaminación que es todo encuentro de culturas.
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Recorro un barrio conocido por su eterno trapicheo. Llevo la cámara en la mano, hago un par de tomas y un cívico ciudadano se cuadra ante mí: «No puedes tomar fotos», dice. No me sorprende. Los vendedores locales trabajan de espaldas a la legislación vigente. «No puedes fotografiar a los comerciantes». Le explico que yo tomo fotos de ciudades, no de gente. Un policía se acerca al vernos discutir y pregunta si todo está en orden. Ambos lo ignoramos. Su placa no vale nada en este territorio. Además, no es el policía el que me está prohibiendo algo, sino éste otro personaje que es, en rigor, policía de esta suerte de Estado paralelo y clandestino que es el comercio ambulante.
Me voy, y un tipo me sigue durante seis u ocho cuadras. Lo ignoro (o al menos lo intento), porque no estoy dispuesto a volverme tan paranoico como ellos. Al llegar a la avenida que sirve de frontera me alcanza el «policía», esta vez acompañado de su jefe, un joven pitbull de metro sesenta, musculatura hipertrofiada y nariz chata, quizá molida a golpes. «¿Para quién trabajas?», pregunta una y otra vez, cuando lo cierto es que ni siquiera me gusta trabajar. Me pregunto qué se pregunta este tipo sobre mí, si sospecha que soy policía, espía de algún grupo rival, o periodista de Tv Azteca. No entiendo tanta obsesión conmigo y se lo hago saber. «Tú lo único que tienes que entender es que si vuelves por aquí va a haber pedo». No me gustan las amenazas, tampoco que me impidan moverme por las calles, así que discuto durante un cuarto de hora: «¿No quieres que fotografíe a tu gente? Está bien, pero hasta ahí. No me puedes impedir nada más». «No juegues conmigo», responde. «Ni tú conmigo». Tengo la impresión de que no le gusta que aguante su mirada, pero no lo puedo evitar. No fanfarroneo, ni alzo la voz, ni muevo las manos porque no soy un jodido suicida —estoy en territorio enemigo, literalmente, y estoy solo—, pero tampoco estoy dispuesto a permitirle a este sujeto lo que no le aguantaría a un policía. El adjetivo fascista se me enreda una y otra vez en la lengua. Al final ambos cedemos un poco y nos despedimos según el canon universal: un ligero rozón de palmas seguido de un leve chocar de puños. No somos amigos, tampoco lo contrario. Hemos llegado a un punto muerto.
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Refugio mi malhumor en un sitio cercano. No es un bar, tampoco una casa ocupada, sino un espacio sin mesas ni sillas. Hay un refrigerador siempre lleno de cervezas de un litro. Se bebe a pico de botella y se fuma sin ser molestado. Se fuma cualquier cosa. Me despatarro en un rincón de este reducto de lumpens culturizados —punks, metaleros, rastafaris, vagos de toda índole— y escribo mientras vacío mi cerveza. En algún momento aparecen dos payasos con maquillaje, camisetas de rayas y sonrisas torcidas. Me recuerdan a Freddy Kruger.
Los asistentes tienen entre diecisiete y cincuenta y siete años. Cuando abro la tercera botella comienzan a sonar los djembés, las congas y otros instrumentos percutivos. En algún momento, en medio de la ebriedad individual y colectiva, el ambiente adquiere tintes casi místicos y tengo de pronto la impresión de que a alguien se le va a subir un muerto, como en los rituales afroantillanos. Una densa capa de humo de todos los colores llena este lugar decadente, de sucias paredes, vigas corroídas y charcos en el piso. Me hago amigo de un guitarrista asiduo. «De vez en cuando —dice— viene la policía y se arma el desmadre, pero luego todo vuelve a la normalidad».
La noche ya es un hecho cuando salgo del sitio. Veo la ciudad con otros ojos a esta hora y en este estado. Me arrastro hasta el metro y me despido de la realidad. El retorno a casa es todo un viaje...
México, D.F.| < Anterior | Siguiente > |
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