Cinco días

Managua, 2010


Me dieron cinco días para cruzar Nicaragua, luego a Costa Rica a renovar la visa. El viaje es extraño, plagado de reminiscencias de la Cuba de mis años adolescentes (a ratos, el paisaje con su vegetación baja, recuerda a ciertos trozos de la isla; algunas casas y construcciones, quizá de la época en que los cubanos metían las manos en Nicaragua; los campos de beisbol, que aquí sustituyen a los de futbol; los audífonos con el viejo Sandinista!, de The Clash). Me sorprenden los carteles del gobierno: «31 años de triunfos. ¡Viva la Revolución!», y me pregunto cómo es posible tal alteración histórico-matemática, o si acaso cuentan como triunfo la debacle ante Violeta Barrios de Chamorro y los sucesivos gobiernos menos o más liberales y más o menos corruptos.

Es ya de noche cuando llego a León con el ánimo y el cuerpo destrozados, tras siete horas y tres buses desde la frontera. La terminal es una planicie sembrada de camiones y puestos de comida. Enfrente, un hospedaje barato y desvencijado. Sin fuerza para llegar al centro alquilo una habitación gris, oscura, sin ventanas y con el colchón hundido por años de peso acumulado. Contra toda costumbre me duermo a las diez y despierto a las seis. A las ocho en punto llego al centro de León, una bella y tranquila ciudad colonial y universitaria que recorro con matutina calma, en medio de la vida comercial. Resulta difícil comprender en qué consiste el «socialismo» de este país capitalista, con todas las transnacionales y pequeños, medianos y grandes comercios nacionales operando con tranquilidad. El comercio informal es fuerte, como en los otros países del área. Aquí también son muchos los jóvenes dedicados a la venta callejera. En verdad, poco se parecen estos nicaragüenses modernos a aquellos que conocí en la Cuba de los 80, vestidos de verde, con pañoleta y cantando: «Comandante Carlos, Carlos Fonseca, héroe de la patria rojinegra». El comandante Fonseca, por cierto, no aparece ya en la iconografía oficial. Sólo Sandino queda.

*

Si Tegucigalpa recuerda a un collage, Managua es un rompecabezas mal armado. La ausencia de un «centro» —histórico o moderno— que dote de coherencia a la urbe, le otorga cierto aire de inconclusa o mejor, de deconstruída. El terremoto del 72 destruyó por entero el viejo centro, junto al Lago Xolotlán, o de Managua. En su lugar sólo queda el casco ennegrecido de la antigua catedral, dos o tres edificios y vestigios, y grandes áreas despobladas que acentúan la fantasmagoría, el abandono de la zona. Caminar en medio de ese vacío es una experiencia desoladora, quizás acentuada por el sol y la escasa brisa en el chocolatoso lago.

Otro gesto que hace de Managua una ciudad desordenada es el hecho de que las calles no tengan nombre, y si lo tienen nadie lo sabe. Son habituales las direcciones tipo: «de la rotonda Tal, dos calles al Sur y tres Abajo», y cuando uno no sabe dónde está el Sur, ni qué significa Abajo, la cosa se complica (algunas direcciones adjuntan: «y luego 70 varas al Norte», aumentando el desconcierto). Es una ciudad verde, tropicalmente arbolada, grande y dispersa, incaminable. El enorme e hipercaótico Mercado Oriental es quizá la mejor representación de este urbanismo transfigurado, casi irracional. El salario mínimo ronda los 100 dólares mensuales, la mitad o menos de lo que se gana en los otros tres países de la Centroamérica pobre; en cambio, Managua es, con mucho, la capital más tranquila y con menor criminalidad del área. Hay delincuencia, claro, pero no el nivel de violencia que se ejerce en otras urbes. Como dice un jocoso vendedor de hot-dogs, «aquí la pobreza es tal que los delincuentes no pueden ni comprar un arma»...

Son comunes los grandes carteles con el rostro de Daniel Ortega, gesto del político en constante campaña. No hay consignas revolucionarias, sólo proselitismo barato. Al pasar junto a uno que refiere al cristianismo, le pregunto al taxero cuándo se volvió cristiano Ortega: «Pero qué va a ser cristiano ese tipo —responde—, si es el Diablo en persona». La idea me ofende: el Diablo siempre me ha resultado simpático y enternecedor. La vox populi es implacable; a la pareja Ortega-Murillo se le acusa del secuestro del sandinismo —los disidentes se agruparon en el Movimiento Renovador Sandinista, que se alía y desalía con el Frente según soplen los vientos—, de nepotismo, de enriquecimiento a costa del ALBA, de dar limosna en lugar de desarrollar verdaderos proyectos sociales, productivos y educativos. Pero la situación no está tan mal, dicen, como cuando la guerra. Otra comparación triste: «Combatieron contra los Somoza y ahora son como ellos», se dice con cierta frecuencia. Una de las que señala públicamente el comportamiento oligárquico, nepótico y populista del presidente es la ex guerrillera Dora María Téllez, quien en 1978, junto a Edén Pastora, dirigiera el asalto al Palacio Nacional y al siguiente año, la toma de León, capital provisional de la Nicaragua liberada (Ortega, en cambio, no combatió en la revolución; se refugió en Costa Rica y sólo volvió al país tras el triunfo, haciendo malabares para quedar al frente del nuevo poder). En un café, un viejo periodista comunista se indigna: «¿Qué ideología —brama enardecido—, si los sandinistas se encargaron de acabar con ella?». Otro amigo, ex combatiente en la revolución y luego contra la Contra, susurra: «Te voy a decir la verdad: si dejamos que Danielito se reelija este país se hunde en la mierda». Por todos lados, lacónicas pintas en los muros: «¡Viva Daniel!».

*

Llego a Granada, hermosa ciudad colonial junto al enorme Lago de Nicaragua. Alguien grita mi nombre. Son unos amigos guatemaltecos, conocidos en aquella loca pensión de ciudad Guatemala; un artesano veinteañero y un ex guerrillero cincuentón, repleto de historias. Me siento con ellos en el bordillo de la acera, cerveza en mano, mientras el artesano se esfuerza por vender su mercancía. Cae la noche hablando sin parar; a la mañana siguiente, temprano, parto en un school bus hacia la frontera costarricense, un caos de vendedores y vividores hablando a la vez, no siempre con buenas intenciones. Cruzo a Costa Rica y descanso un par de días en un albergue en cuyo patio viven tres pericos: Uno me recibe diciendo «hola», otro dice «buenas» y el tercero silba la melodía de La cucaracha...

Luego, vuelvo a Nicaragua.

La Cruz
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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