Chinatown

Ciudad de Panamá, 2011


Durante años me resistí al uso del celular. Al principio me parecía ridículo (e invasivo) estar disponible las veinticuatro horas del día. Fue mucho después de la masificación de la telefonía celular que por fin comencé a acostumbrarme a cargar uno todo el tiempo, forzado sin duda por el nomadismo. Sin embargo hay otro pequeño detalle que me hizo adoptar el teléfono portátil: el hecho de que ya no es sólo un teléfono. Es decir, si la idea de cargar con un manófono me resulta del todo inatractiva, la de utilizar una computadora de bolsillo me fascina. No es un mero gadgetismo, tampoco esa extraña ansia por la hipercomunicación, la verborrea digital que aqueja a las generaciones ante las cuales yo ya soy viejo: no frecuento los chats, no paso horas tecleando mensajitos ni merodeando en las redes sociales; en cambio, tener una minúscula herramienta de trabajo, de lectura, de juego y de experimentación me resulta la mar de divertido. Y además es barata: hecha en China.

Pero si hay algo que de verdad detesto de la cultura del celular es el constante expresionismo de sus propietarios: no importa que tan silencioso o solitario sea uno, hoy día es imposible no asistir a una discusión íntima, a un regaño privado, a un secreto a voces o a una declaración de buenas o malas intenciones. A donde quiera que uno mire o vaya hay alguien hablando en voz alta, gritándole al teléfono (insultando al fantasma al otro lado de la «línea») y sin pudor presume su voz de mando. No es raro, entonces, estar en un restaurante (o en un café o, para el caso, en una funeraria) y que de pronto estalle un reguetón que no es otra cosa que el timbre de un celular. El propietario del teléfono no responde enseguida, pues de hacerlo los demás nos perderíamos la linda y estruendosa melodía con que adorna su artilugio. Siete compases más tarde, el susodicho responde la llamada. Y lo hace, claro, a gritos.

Así uno se entera de lo que ocurre a los demás; ya no es necesario preguntar, basta estar en un sitio público para verse envuelto en discusiones privadas. Hace no muchos años uno se escondía para hablar, se encerraba en una caseta o en una habitación del hogar; hoy se parlotea en voz alta por las calles, haciendo imposible distinguir al loco del cuerdo. A este gesto se le conoce como movilidad, o verbo en movimiento perpetuo. El parloteo es el nuevo dogma; el celular es el corpus...

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Suena la alarma del celular y salgo de la cama a trompicones, bufando ante un nuevo amanecer. Mientras me ducho oigo el teléfono vibrar, señal de que he recibido un mensaje. Se trata de un servicio de noticias (en realidad meros titulares) suministrado por la compañía telefónica: «Marcha por los chinitos muertos», dice. Enciendo el televisor y en efecto, ahí está la marcha en el distrito de La Chorrera, a unos 40 kilómetros al oeste de la capital, una pequeña ciudad satélite con gran vida comercial. Los «chinitos muertos» son (¿eran?) cinco jóvenes en torno a los veinte años, hijos de inmigrantes, nacidos ya en Panamá, estudiantes todos. Fieles al proceso de hibridación que toda migración conlleva, los chicos llevaban nombres tropicales (o tropicalizados) mezclados con sus antiguos apellidos (Sammy Zeng Chen, Joel Liu Wung, Georgina Lee Chen, Yessenia Loo Kan y Young Wu Ken).

Los secuestros comenzaron hace un año. Primero uno, luego otro, luego tres de golpe. Utilizando teléfonos celulares contactaron a sus padres, comerciantes ellos, miembros de una comunidad china que suma ya unos 150 mil miembros. Los secuestradores pidieron rescate, los padres pagaron, los chicos fueron asesinados y enterrados en una vieja casa de la zona (según la policía el entierro fue en posición vertical). Hace dos semanas fue detenido el principal sospechoso, un dominicano al que se supone le faltan dos tornillos. Durante las negociaciones con la familia, el secuestrador les ordenó seguir un rastro de bolsas rojas (bolsas de papel, de las que en el trópico llamamos cartuchos). Al final del recorrido los padres debían dejar el dinero. Los chinos se dedicaron a investigar el origen de las bolsas rojas, hasta que un comerciante reportó haber vendido un buen paquete de éstas. Además, su sistema de videovigilancia había grabado al dominicano.

Veo en la televisión la marcha de protesta, de luto, de hartazgo. No pocos comerciantes chinos han sido víctimas de asaltos, de secuestros express, de golpizas, pero esto es otra cosa. Los comentaristas se desgañitan tras la pantalla: si primero se hablaba de «los chinitos» secuestrados y asesinados, ahora se habla de los «chinos-panameños» con un respeto que sólo el chovinismo puede realzar. Entonces, en pleno arrebato patriótico, y ebrio de imbecilidad, uno de los comentaristas exclama: «Porque esos muchachos no eran chinos, no eran asiáticos: eran panameños y por eso tenían derecho a vivir»...

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Paso el día tirado en la cama, leyendo todo lo que encuentro sobre el tema en la pequeña computadora celular. Me hundo así en este relato negro al más puro estilo de Dashiell Hammett, y de ahí voy más atrás, hasta las primeras grandes migraciones a mediados del siglo XIX, cuando se construyó aquí el primer ferrocarril entre el Atlántico y el Pacífico, antesala del Canal. Desde entonces, trabajadores y comerciantes han venido a hacer fortuna a estas tierras, o al menos a intentarlo. A algunos les ha ido muy mal, pero apoyo no les ha faltado. Es la suya una comunidad orgánica, autosolidaria y poco dada al mestizaje, aunque las nuevas generaciones, armadas con celulares y ropas y modos de vida occidentales, comienzan a enredarse con sus pares de otros pueblos.

Bajo a la tienda a comprar un antigripal y una botella de agua (esta convivencia forzosa con el calor tropical y el aire acondicionado me está matando) y me pongo a conversar con el propietario, un chino joven, simpático y trabajador. Me pregunta por los chinos en Cuba («los paisanos», dice) y le cuento lo poco que sé: su participación en la guerra de independencia, su influencia en ese saco mixto llamado cultura nacional (el dominó de doble nueve; la charada china, eje de la clandestina lotería y cuyo número 1 es representado por el Caballo, eterno sobrenombre del comandante; la cornetica china, de vital importancia en toda timba que se respete, en toda buena comparsa) y ahora aparecen otra vez como espejismo salvador del «socialismo», o del capitalismo de Estado.

El chino ríe: «Bueno, pero ahora ya pueden tener negocios propios: eso va a mejorar». Sonrío, pero mi optimismo no da para tanto. No hoy, con la nariz y el cerebro congestionados. Pago la cuenta, vuelvo a la habitación y me tiro otra vez en la cama a leer historias de chinos en un celular made in China.

Ciudad de Panamá
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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