Chilangotitlán el Grande

México D.F., 2009


El sol me golpea mientras camino por esta avenida de treinta kilómetros de largo que un día atravesó la ciudad de norte a sur y que hoy, ante el desenfrenado crecer de la urbe, se queda corta. El tráfico es intenso, hay gente por todos lados y no puedo evitar preguntarme cuántos acontecimientos habrá vivido esta arteria fundamental de la nueva Tenochtitlan, otrora capital de los mexicas y ahora, Distrito Federal de los Estados Unidos Mexicanos. Recuerdo haber visto una serie de fotos satelitales de esta megaurbe; las primeras de los años setenta, las últimas de esta década. Es impresionante la constatación visual de la expansión de una ciudad que se antoja infinita, en todo caso inabarcable.

Aunque fue uno de los escenarios de mi infancia, en cierto modo me sigue resultando ajena esta mancha urbana capaz de contener a veinte millones de personas en sus calles. Por paradójico que parezca, no pocas veces me he sentido solo en medio de la muchedumbre, del ruido, del movimiento perpetuo. La locura de esta ciudad me seduce, su inmensidad me parece fantástica. Su pasado tremendo...

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No es difícil imaginar el estupor, el desconcierto, la magnificada sensación de hallarse ante una ficción verdadera, de Hernán Cortés y sus tropas al llegar a México-Tenochtitlan en octubre de 1519. La ciudad, entonces con unos doscientos mil habitantes (sin contar a los pobladores de los otros islotes, ni a los de las márgenes del lago), pirámides y mercados gigantescos, colores y olores desconocidos para el europeo, debió fascinarles, así como la férrea organización social de los aztecas, tan piramidal como sus templos, tan teocrática como la cristiandad. De Moctezuma II dice Cortés: «Era tan temido de todos, así presentes como ausentes, que nunca príncipe del mundo lo fue más».

Debió haberles sorprendido esa ciudad con calles de agua en las que la canoa era el principal medio de transporte, habiendo algunas destinadas a la recolección de desperdicios y excrementos, cuando los bárbaros tiraban su mierda a la calle. Las largas calzadas y avenidas que unían al islote con tierra firme serían enormes y aparecerían como grandes obras de ingeniería civil. No sin racismo, los españoles se habrían preguntado «¿cómo es posible que estos salvajes hagan todo esto?»

En menos de dos siglos los mexicas habían edificado una gran ciudad y el imperio más grande y poderoso de Mesoamérica. Apenas unas décadas antes a la llegada de Cortés, Tenochtitlan había ya absorbido a Tlatelolco, el primer territorio en conurbarse a la futura megaurbe. Así nacen las grandes ciudades, devorando pueblos vecinos, territorios aledaños, expandiendo su urbanismo incontrolado.

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Uno se pregunta cómo es posible que del antiguo lago no quede nada. No deja de sorprender el miedo a la naturaleza que dio vida al Distrito Federal, siempre enfermo de cementosis. Era un lago y ahora no hay ni un triste río (todos han sido entubados, ocultos bajo el concreto). Eso llama la atención cuando se vuelve de Europa, donde no son raras las ciudades atravesadas por el agua. Aquí no quedan ríos, no hay líquido vital. Y aún así, con cada aguacero media ciudad se inunda...

Me pierdo voluntariamente en sus calles. Arrastro los pies sin saber a dónde, reconociendo un sitio y otro pero sin ir a ninguno. Entiendo que no es ésta una ciudad homogénea —¡en lo más mínimo!—, que va de la fealdad más rotunda y caótica a la belleza más calma. Cruzar una avenida significa cambiar de universo. De un lado la violencia estructural, el desempleo y la basura acumulada en las esquinas; del otro la banca, el centro comercial, el espejismo desarrollista y moderno. Son los contrastes, a veces brutales, los que dan rostro a la urbe. Es normal, qué otra cosa puede ocurrir en una mancha urbana que contiene «barrios» de más de un millón de habitantes...

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No debió haber sido un mundo idílico aquel glorioso pasado que algunos exhiben con orgullo trans-post-ancestral, o algo por el estilo. No es culpa del pasado, desde luego, no hay mundos ideales, tan sólo, si acaso, ideas del mundo. A esto me refiero también: No sé si me gustaría vivir en un mundo carente de otras visiones del mundo; bajo una cosmogonía única y absoluta en la que Tlaloc es responsable del agua y la fertilidad y para contento suyo un sacerdote decide sacrificar a mi hijo. No me gustaría un mundo como ese, y no por el sacrificio en sí —permítaseme el cinismo— sino por la imposibilidad de cuestionar al mundo mismo, a su sistema de valores.

¿Qué significaría ser subversivo en la gran Tenochtitlan? ¿Sería posible tal cosa? Es decir, se trataba de una sociedad inamovible, basada en un absoluto orden de castas dentro del cual la condición del individuo estaba marcada desde el nacimiento, sin derecho a réplica. ¿Qué significaría entonces ser anarquista, comunista o socialista en un mundo así; habría revueltas en los calpulli, podría estallar una revolución? Más simple: ¿habría sociedad civil, o terroristas atentando contra el tlatoani?

No, no era un mundo ideal. Tampoco éste. Ni aquel. Ni el otro...

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Despierto de golpe de mi ensimismamiento callejero. Debo acostumbrarme una vez más al hecho inconmovible de que en esta ciudad los peatones carecemos de derechos. Incluso con la luz verde a mi favor en un par de ocasiones debo saltar para salvar el pellejo. Lanzarme de cabeza, casi. Es la torpeza propia de quien ha estado demasiado tiempo lejos de la gran Tenochtitlan. Cosa de afilar el instinto de supervivencia. Adecuarlo a las condiciones objetivas del entorno.

Entro a una tortería porque el hambre me embarga el espíritu. La lista invita: cubana, rusa, hawaiana, colombiana, china y no sé cuánta nacionalidad más. Las combinaciones de ingredientes de unas y otras son vagamente folclóricas. Pido una cubana, por prestigio histórico. Entre los dos trozos de pan hay salchicha, milanesa, jamón, pierna, aguacate y tomate, y por más que lo intento no logro recordar un bocadito así en Cuba.

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Un diálogo me retrotrae a México:
—Qué onda, carnal...
—Pss, nariz hijo.
—Hace frijolito, ¿no?
—Simón...

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Al principio, el término chilango definía a los advenedizos provincianos que llegaban a la capital; hace algunas décadas se volvió el despectivo favorito para referirse al originario de la ciudad de México. En provincia, cuando alguien preguntaba «¿eres chilango, verdad?», por lo general no era exactamente un gesto de simpatía o una invitación al diálogo. Lo interesante, desde hace algunos años, es el hecho de que los capitalinos se apropian del gentilicio peyorativo y lo usan para describirse con orgullo y regionalismo. La cultura local, cuyo epítome parece ser La chilanga banda, ha dado un habla peculiar, no necesariamente cantinflesca, sino más bien organizando las ideas con sonidos. Es decir, las palabras se reinventan o resignifican, no de acuerdo a valores epistemológicos, morfológicos o semióticos, sino sonoros. Una palabra adquiere un significado alternativo cuando su sonido evoca al de otra, sólo así «nariz» puede significar nada, y «frijol» frío. Es ésta la peculiaridad del habla chilanga: un atentado hablado.

O, mejor, es la fonética cogiéndose a la lingüística...

 

México D.F.

 

 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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