Chamanes de doña Natura

Finca Zopilote, 2011


Su nombre me sedujo desde que me hablaron del sitio por vez primera, hace unas semanas: «Cuando estés en Ometepe busca la Finca Zopilote», me dijo una amiga en medio de la parranda. Así, un día me despedí del hospedaje en Moyogalpa, aquel con el venado, los monos, la iguana, el perro, los gatos y la ardilla y, como pude, introduje mi humanidad en un minibús que dando tumbos me llevó al otro lado de la isla, hasta poco antes del poblado de Balgüe, en medio de una carretera de tierra y hoyos: «Caminas por ese sendero y llegas a Zopilote», me dijeron, y comencé a avanzar por la ladera norte del volcán Maderas.

Se trata de una finca orgánico-recicladora, por decirlo de alguna manera. Al llegar, una telaraña de senderos de piedra me lleva hasta la recepción, donde un italiano de cierta edad y misticismo —flaco como Gandhi, con cierto aire a Arvo Pärt, con una cola gris que cuelga de su calva, y una barba, también colgante— me da la bienvenida sin pizca de emoción. Al final, negociamos una cabaña de madera y techo de palma en la que puedo instalarme a gusto, ver el sol en las mañanas, y eso basta para no sentirme desgraciado el resto del día, perdido en este miserable paraíso natural. «Hace ocho años —dice un campesino— todo esto era un desierto, ni un árbol, y ahora mira». En efecto, la vegetación es exuberante.

La finca mide nosecuántos metros, siendo el centro la cocina comunitaria (con el comedor y el área de chill-out, como anuncia un letrero); desde ahí —otra vez la telaraña— caminos hacia las otra áreas y edificaciones: duchas con muros de piedra (y otras sin muros de tipo alguno), retretes en los que los excrementos se cubren con cáscaras de arroz (junto al inodoro el saco de cascaras y una jícara para vertirlas: con eso hacen composta), aparte los orinaderos (la separación de los detritos es importante también: todo se recicla aquí, desde la mierda hasta las colillas de cigarros). Hay dormitorios con varias camas y cabañas personales o familiares. Las construcciones son de piedra, madera, palma. Toda el agua corriente se filtra con roca volcánica y carbón y otros minerales. Hay aves azules y blancas, de larga cola, cuyo nombre aún no averiguo y que parecen estar a medio camino entre el perico y el quetzal. Hay ranas y sapos de grueso calibre y verdes brillantes y hermosos. Mientras escribo, una libélula rosa coquetea conmigo, deteniéndose ante mí y luego huyendo, sólo para volver minutos más tarde a ver cómo la pluma se desliza en el cuaderno (entre paréntesis, mil ruidos de insectos, aves y otros bichos). El tiempo pasa y no hago nada por detenerlo. Lo veo moverse ante mis ojos, con la brisa que sacude los árboles, y le sonrío con respeto y veneración.

En la finca crían abejas, siembran legumbres, frutas, verduras, qué se yo (producen miel, mermeladas y otras conservas), y el hospedaje en sí, pese a ser comunitario, limpio y reciclado, requiere múltiples atenciones; por ello ofrecen un 20% de descuento a cambio de 4 horas de trabajo diario en cualquier proyecto. Por supuesto, desdeño la propuesta: mientras pueda pagar mis cuentas nada el mundo me hará trabajar en algo que no deseo, mucho menos aquí. La vegetación me rodea y agobia mis sentidos —como una droga— y a la vez estoy a salvo de ella en una cabaña que en realidad es una extensión suya: ahí están las mil hormigas y el avispero que se forma en el vórtice del techo, a cuatro metros sobre mi cabeza. Un pelotón de mosquitos sobrevuela mis orejas e insisto en ignorarlos: No voy a permitir que nada ni nadie estrese mi actual existencia, tan llena de recuerdos de vidas pasadas. El chamanismo contemporáneo abunda en estas tierras, sobre todo enarbolado por viajeros místicos que encuentran aquí la liberación teológica y moral, o algo por el estilo. Cada cierto tiempo tropiezo con post-hippies neo-castanedianos pasados por new-age que insisten en vaguedades que en verdad nunca comprendo del todo. Ni eso me estresa: acepto mi ignorancia con tremenda modestia: suspiro, encojo los hombros y continúo mi divagar.

*

«Lo que tú llamas Dios —le dije hace unos días a un buen amigo, fumando en su cuartucho— para mí es la enorme, asombrosa, omnipotente y omnipresente naturaleza. No me refiero a esas cosas verdes que crecen allá afuera; hablo del caos, del universo entero, de sus oscuridades y silencios, de los múltiples mundos que puede contener, de sus explosiones y destrucciones, de la vida y de la muerte: todo eso es la naturaleza, no sólo el planeta y lo que hay en él, sino todo el más allá, aquello que está fuera de nuestro mundo», dije, despojado de exaltación. «Está bien —respondió mi amigo— pero ¿no crees que alguien creó todo eso?». «¿Dios?», pregunté escéptico. «Claro, ¿quién más?», insistió. «Bien —contemporicé—, pero ¿quién creó a Dios?».

En verdad, las discusiones seudoteológicas me aburren hasta el infinito, más cuando transcurren con un cristiano renacido aún adicto al crack. El problema de Dios o su ausencia me tiene del todo sin cuidado: vivo mi vida como si no existiera, tal y como otros viven como si Él guiara las suyas, y eso, pienso, es lo único que importa. Lo que me agobia es la insistencia en convencerme de aquello en lo que no creo (hace un par de años, en Francia, un día tocaron el timbre unos mormones que traían la Palabra. Con todo respeto les dije que lo sentía mucho, pero que soy ateo y comunista —entre sonrisas— y uno de ellos, lo juro, dio un paso atrás y exclamó: «¡Nosotros podemos curarte de esas dos enfermedades!», y entonces le cerré la puerta en el rostro): Los predicadores me agradan siempre y cuando no se atraviesen en mi camino; los salvadores que intentan salvarme me resultan una invitación al suicidio —o al aislamiento, que es la forma social de quitarse la vida—. «No intentes convencerme de que tu dios existe y yo no intentaré convencerte de que el mío ha muerto», le dije, ebrio de nietzscheanismo. Y él, mi amigo, brinda por ello: «Qué Dios te acompañe», se despide con cariño.

*

«Tú tienes la calma sabiduría del chamán», me dice el gringo viejo que conocí en el camino, quien lleva cuarenta años dando vueltas por México y Centroamérica. Es un sátiro raro y divertido, no artesano sino vendedor de artesanías («yo soy comerciante —insiste—, yo sí hago economía»): nómada de sesenta años, viaja en busca de la Verdad, la Libertad, la Paz y otras mayúsculas amplificaciones del ser y el estar. Yo me limito a observarlo por encima de mis lentes oscuros, tratando de dilucidar si habla en serio o si se burla de mi contemplativa y perezosa inmovilidad. «En serio —dice—, podrías ser chamán», y yo, no puedo evitarlo, pienso que en realidad tiene razón: hoy día cualquier idiota puede ser chamán. O fingir que lo es, que viene a ser lo mismo.

Pero eso, insisto, no perturba mi existir.

Finca Zopilote
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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