Caos y normalidad

Esclavos asalariados. Oaxaca, 2010


Es medianoche. La inmensa Terminal de Autobuses de Oriente no recuerda al hormiguero alborotado que sí es durante el día. Antes de abordar fumo el último cigarro. No tengo sueño (pasé la tarde despatarrado en un sofá, roncando). Viajo solo en dos asientos. Leo. El libro me seduce por múltiples razones: está bien escrito, habla de una ciudad que conozco bien y de una situación que me interesa sobremanera. Luego me duermo, sin percibirlo, a media frase, párrafo, página. A las seis de la mañana bebo un maléfico café de estación de autobús. He llegado a mi destino.

Me enamoré de esta ciudad en cuanto la vi, hace unos quince años. Vine a pasar una semana de vacaciones y me quedé casi una década, enamorándome cada día más. Algo tiene ella que atrae a pintores, poetas, músicos, fotógrafos —desde luego a antropólogos, etnólogos, sociólogos— y a vagabundos del mundo entero. Los estetas de la mariguana y los profetas del hongo hacen escala aquí. Los que sueñan con revoluciones también. Es éste uno de los estados más pobres de la federación, también uno de los rincones más rico en colores, sabores, aromas, sonidos, contradicciones, luchas...

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Llego a casa de viejos amigos, antes de que salga el sol. Durante horas me cuentan todo lo ocurrido en estos cinco años de ausencia mía, desde chismes de sociedad hasta crónica política. Y hay mucho que contar. En el año 2005, durante las elecciones para gobernador del estado ganó quien no debía ganar —no sin manipular algunas boletas electorales—. Hubo manifestaciones y protestas desde el primer día. Nada grave, pero comenzaba a crearse un cierto clima postideológico. No era, en rigor, un asunto de izquierdas o derechas, sino un reclamo ciudadano en estado puro. El gobernador era un fraude, o al menos el resultado de uno.

Un año más tarde estalló la guerra. Comenzó en el verano, al amanecer de un día cualquiera. Los gases lacrimógenos inundaron el centro. Pretendían desalojar un plantón de maestros (exigían mejoras laborales, más salario, no la revolución) y desataron la ira de un pueblo entero. Durante meses se combatió en las calles contra la policía local, la federal, el ejército y las bandas paramilitares que patrullaban la ciudad, en perenne estado de sitio. Los rebeldes se apoderaron de la televisión y la radio públicas, y los blogs se volvieron herramientas de propaganda y discusión. Torturas, violaciones, ejecuciones, de un lado; saqueos e incendios del otro. Mi amigo lo cuenta mejor que yo porque él lo vivió. Su casa está en el centro de la ciudad. En la esquina había una barricada.

Salimos a desayunar. El sol, la luz, el cielo que cubre esta ciudad y que sin duda es uno de sus atractivos (con la luz vienen las sombras, también hermosas, el claroscuro, el alto contraste). Poco a poco la ciudad recobra su ritmo, su vida, su comercio y su cultura. El turismo vuelve a pasear por sus calles; las balas ya no silban, las granadas no explotan y los molotov se han extinguido. La turística es la principal industria de este pueblo; sin turistas no hay trabajo, sin trabajo no hay dinero, sin dinero no hay comida. Cuenta mi amigo, durante el desayuno, que un día se encontró en una manifestación a un conocido nuestro, un simpático chico todo Mercedes Benz, quien deambulaba por la calle como alma en pena. Al encontrarse, el chico Mercedes exclama: «¡No tengo un maldito centavo!», y mi amigo se echa a reír: «Lo único bueno de todo esto es que por fin somos iguales, compañero...». Y ambos rieron, y yo también al oír la historia, porque si hay algo que bajo ninguna circunstancia se debe perder es el sentido del humor, la fortificante autoburla. La certeza de que el hambre iguala.

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El centro parece una zona de guerra. Calles reventadas, con las tripas fuera, no por la acción de las bombas, sino del trabajo coordinado de miles de trabajadores que en rigor parecen esclavos. Embellecer el centro, es la consigna tras la guerra. Durante el conflicto miles de pequeños negocios quebraron; con las reparaciones desaparecerán otros cuantos. Meses con las calles abiertas, entubando cables, arreglando desagües y el comercio semiparalizado. Ir de un punto a otro del centro se vuelve un paseo por un metafórico campo minado. Bagdad 2. La vida, a pesar de todo, vuelve a la normalidad, aún si ciertos gestos, ciertas exigencias, ciertos instintos que despertaron con la revuelta perduran. Pocos lo dicen, pero lo que ocurrió aquí hace cuatro años fue un conato de revolución. O al menos su anunciación.

Si al principio la exigencia era la renuncia del gobernador, con el tiempo y las respuestas del poder (con la agudización de las contradicciones, digamos) los reclamos se hicieron más profundos, algunos abstractos, otros muy certeros. Todo esto lo narra muy bien el reportero Diego Osorno en su libro Oaxaca sitiada: La primera insurrección del siglo XXI. El paso de un plantón de maestros a un movimiento de resistencia civil, a una lucha sin cuartel contra los aparatos represivos del Estado, y el papel de la «izquierda subterránea» (qué bello adjetivo) a lo largo de este proceso. Todo lo revisa el autor, periodista honesto donde los haya, así las mentiras y exageraciones de unos como las de otros. Cubrió el conflicto de principio a fin, desde las barricadas, los barrios populares o los lujosos hoteles donde se reunían o escondían los grandes prohombres de la política local...

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Así que he vuelto a Oaxaca. Cierro el libro y despierto en un café, a un lado de la plaza central, otrora campamento de maestros disidentes, luego cuartel de la Policía Federal Preventiva y ahora recuperada por civiles y turistas. Los vendedores de globos muestran su mercancía multicolor y los niños revolotean a su lado. Las parejas de enamorados pasean agarrados de la mano o se besan junto a la fuente. Sí, la vida vuelve a la normalidad, y normalidad, aquí, implica que los indígenas vuelven a servir a blancos y mestizos, que el estatus neocolonial continúa vigente, que el cacique criollo pervive.

Los residuos de la subversión, de la revuelta, de la insurrección están ahí. Las heridas siguen abiertas, algunos no quieren hablar de lo ocurrido, otros lo hacen hasta por los codos. El fracaso es una presencia constante: se lucha para vencer, no para ser vencido. Nadie se lanza a la revolución con la esperanza de morir aplastado. No es ese el objetivo. No es esa la pulsión. Normalidad implica que la corrupción sigue siendo el eje de la política real, que los intereses partidistas son más importantes que los ciudadanos y sociales, que unos pocos mandan y otros muchos obedecen sin derecho a réplica. Que la desigualdad da coherencia y cohesión a la sociedad. Eso es lo normal aquí.

Quedan también los residuos del miedo. Policías armados con fusiles de asalto patrullan la ciudad en sus camionetas blanquiazules. La rebelión se ha extinguido, sí, pero en algunas miradas el fuego sigue vivo. Tarde o temprano volverá a arder. Es inevitable, por la única y sencilla razón de que todo ha vuelto a la normalidad...

Oaxaca
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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