Hace un par de semanas me mudé del Casco Viejo hacia otra zona de la ciudad, a medio camino entre la parte antigua y el pedazo de Miami. Recorriendo toda la Avenida Central, primero su lado peatonal, luego en medio del tráfico —siempre entre el comercio ambulante y el establecido, ambos acelerados, ruidosos y coloridos— se llega a Calidonia, un barrio con veleidades clasemedieras y un cierto deterioro un tanto más pobre. De un lado de la avenida, en dirección al mar, un montón de hoteles de precio medio; del otro, un barrio que las guías turísticas definirían como «poco recomendable». De ese lado de la avenida está la pequeña pensión que me acoge, a la mitad del precio de los hoteles que se hallan dos cuadras más abajo. En rigor, se trata de uno de esos sitios que las parejas ocupan por hora para huir del tedio cotidiano. No hay internet en la pensión; en cambio, el canal porno es gratuito.
De día, la avenida es dinámica y parlanchina, llena de vendedores y compradores, cláxones, buses, paseantes, mercancías en las aceras; de noche, un denso paisaje de cortinas metálicas, alguna patrulla policial, dos o tres borrachos y algunos indigentes que bucean en busca de latas o cualquier otra cosa útil en el gigantesco mar de basura que se acumula en la esquina. Hay también varios casinos en la zona, donde los ciudadanos dejan parte del salario en las mesas o en las máquinas con la esperanza de recuperar su inversión un día de estos. Afuera, policías de verde olivo, con gruesos chalecos antibalas y pistolas semiautomáticas o subametralladoras, ambas calibre 9 milímetros (de vez en cuando pasan los linces, parejas en motocicleta compuestas por un conductor y un tirador). Si en Casco Viejo me sorprendió la cantidad de hombres de mediana edad sin dientes, aquí abundan los que arrastran una pierna.
*
Me instalo en la terraza de un bar con pantallas futboleras (cuando juega Panamá todos visten de rojo y gritan y saltan y mientan madres y, si le ganan a Estados Unidos —como ocurrió hace un par de semanas—, al día siguiente el principal diario popular titulará su portada con pírrica poesía: «Nos jodimos a los gringos»). Desde el primer día simpaticé con el dueño, un hombre de mediana edad, mirada inteligente, avanzante calvicie, eterna cerveza en mano y ocasionales seseos y siseos. «Tú eres el representante español en estas tierras», pregunto sin preguntar. El hombre levanta el vaso y responde: «Prefiero pensar que ya soy panameño, y si no, entonces sigo siendo gallego, no español». Brindo por ello y nos sentamos a hablar de cualquier cosa, de todo y de nada. Tras veinticinco años en estas tierras tiene mucho qué contar.
Asisto entonces a uno de los más interesantes espectáculos del folclor urbano panameño, el tradicional ballet parking. No importa si hay diez metros de distancia entre un automóvil y otro, el conductor, para estacionar un vehículo compacto tardará diez minutos, y aún así quedará a medio metro de la acera. El gallego ríe divertido. Yo también. «Siempre es así», sentencia entre malévolas y bienintencionadas risotadas, mientras le grita amigables insultos al conductor. Después hablamos de cosas serias, hijos ambos de distintas dictaduras llenas de gestos comunes. Él, además, ya estaba aquí cuando Noriega: «No niego que viví momentos de tensión, incluso de miedo, pero cuando cayó festejé como un panameño más», recuerda con una sonrisa que no oculta los días difíciles.
Más tarde se acerca Freedom, un negro de Colón criado en Nueva York —como todos los nacidos en el área del canal cuando era estadounidense, posee la doble nacionalidad— y sin entrar a la terraza (su territorio es la calle) mira mi barba y desaliño generalizado y me habla: «Usted tiene cara de que le gustan las cosas naturales», a lo que respondo que depende cuán naturales sean las cosas y cuán módico sea su precio. «Diez dólares el gramo», dice, y estallo en carcajadas: «No soy gringo, compañero», y él, haciéndose el gracioso, revira: «Ya sé, tú eres el fuckin' Che Guevara»...
Freedom vive en esta calle. Cuida y lava automóviles mientras sus dueños están en el casino, en el hotel o en el bar. Duerme en un rincón de la acera, donde tiene su mochila y su paraguas. En un buen día, entre propinas varias («Te consigo lo que quieras: drogas, putas, trasvestis») puede ganar unos 20 dólares, aunque lo normal es la mitad o menos. Tiene casa en un barrio periférico pero dice que le sale más caro ir y volver que quedarse aquí. Además, por alguna razón me pasa por la cabeza la idea de que quizá en casa nadie lo espere. Pienso entonces que no tiene sentido volver al vacío.
Tiene más de cincuenta años; es una especie de poeta de la supervivencia —su vocabulario es amplio aunque disléxico, es inteligente, salta del inglés al español a media frase, balbucea el francés con barriobajera elegancia— y cuando le pregunto a qué se dedicaba en Nueva York me mira a los ojos y responde: «Yo era un delincuente», y encoge los hombros y renquea hacia un auto en pleno ballet parking.
*
Aunque nunca he sido aficionado a los bares de deportes —primero hay que ser aficionado a los deportes, cosa que aún no soy— me siento a gusto en éste. La variopinta mezcla de personajes me atrae: panameños de toda suerte y condición (empresarios, trabajadores, comerciantes), turistas y viajeros alojados en los hoteles cercanos (checos, venezolanos, canadienses, franceses, israelíes, colombianos) y los supervivientes del barrio, que se acercan a ver qué se cae o qué logran tumbar.
Durante dos horas converso con un cubano sesentón que tras varios años en una prisión isleña por «diversionismo ideológico» emigró a Miami, aunque ahora vive en Panamá, en provincia, explotando la tierra como el guajiro que siempre ha sido: «Cuando me fui de Cuba ya no me metí en política. Allá en Miami no le di un sólo centavo a los tipos esos que promovían la contrarrevolución y que en realidad hicieron un gran negocio con eso. Al final vine para acá, que se parece tanto a Cuba y donde no extraño nada. A Estados Unidos voy por negocios, pero no vuelvo allá ni de chiste». Luego, refiriéndose al estricto control estatal en la «tierra de la libertad», repite una conocida broma cubana: «Aquello es comunismo con dólares»...
Así paso no pocas horas del día o de la noche; sentado en la terraza de este bar de deportes escribiendo en mi libreta, hablando con extraños que pronto dejan de serlo. Los guardias de los hoteles y otros negocios me saludan cuando paso, en la tienda de los chinos ya me sonríen, en los restaurantes saben qué voy a pedir, los vendedores de enervantes me hacen gestos con los ojos y los policías me miran con suspicacia.
Comienzo, en fin, a ser parte del paisaje del barrio.
Ciudad de Panamá| < Anterior | Siguiente > |
|---|