Burocracia y conceptualismo

México D.F., 2010


En su crítica a la filosofía del derecho, Marx afirma que la burocracia, «como organización civil del Estado, se opone al Estado social de los civiles», frase que fue del todo olvidada por los estadistas «marxistas» del siglo XX. Sin embargo, aunque asociamos el término burocracia con la ineficacia estructural soviética se trata, como tantos otros logros y desastres de la modernidad, de una estructuración francesa. En el ya lejano año de 1765, Von Grimm, refiriéndose a Francia y su legislación, escribió que «aquí las oficinas, los funcionarios, secretarios, inspectores e intendentes no son nombrados para beneficiar el interés público, en realidad parecería que el interés público ha sido instaurado para que puedan existir las oficinas»...

El polémico Max Weber (ese pequeño genio que de adolescente citaba con soltura a Homero, a Virgilio, a Goethe, a Spinoza y a Schopenhauer), dedicó buena parte de su pensamiento a la organización oficinesca de las funciones estatales: normas, reglamentos, racionalidad, impersonalidad, jerarquía, rutinas, competencia, especialización, meritocracia. Para muchos Weber es algo así como el pilar del nazismo, lo que parece tan aventurado como culpar a Marx por los crímenes del estalinismo o a Jesús por los de la Santa Inquisición. A pesar de su idealismo funcional, a lo que se refería Maximilian Carl Emil Weber era a la administración «limpia» (transparente, diríamos hoy) de la res publica.

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Si hay algo que detesto en este mundo es el papeleo. Sigo sin comprender por qué alguien debería tener una identificación oficial, como si la Identidad fuera de verdad un asunto de Estado y no un proceso a la vez individual y social anterior a la administración pública. Por anterior no me refiero a una posición determinada en una arbitraria línea del tiempo, sino al hecho indiscutible de que «yo soy yo» tenga o no un papel con mi nombre y dirección.

Últimamente he dedicado mucho tiempo y esfuerzo a asuntos relacionados con ese ser legal que a priori desprecio. Siempre me falta un papel para realizar un trámite determinado. Tras varios años fuera del país, ahora tengo que ponerme al día con documentos sin los cuales no existo, y siempre falta un papel, una firma o una fotocopia que retrasa el ya oscuro experimento del ser. Es como si los conflictos existenciales y las dudas identitarias no fueran suficientes para abatir al espíritu, además hay que hacer largas colas y lidiar con un aparato burocrático no siempre amable y sonriente. Pasar una hora y media para obtener la credencial de elector no es precisamente la mejor manera de matar el tiempo. La espera es siempre agotadora, y yo ni siquiera voto.

Al hablar de burocracia se suele pensar en el entorno público, pero lo cierto es que parte de su cultura influye sobremanera en otros sectores de la sociedad. El mejor ejemplo lo constituye la banca, institución burocrática, eficiente, privada y tan poderosa que todos, en un sentido íntimo y personal, dependemos o necesitamos de ella en un momento u otro. Eso pensaba hace unos días, cuando la funcionaria bancaria anunció que iba a fotocopiar mis documentos y partió durante casi veinte minutos. Muy agradable y simpática, y respondió con paciencia mis interminables preguntas, pero mientras estaba sentado esperándola no pude evitar imaginarla con un café en la mano, conversando alegremente con sus compañeras de trabajo. No la culpo, yo haría lo mismo si mi rutina cotidiana consistiera en soportar a tipos como yo.

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Salgo, tras una hora en la sucursal de teléfonos celulares sin haberme decidido por ninguno de sus paquetes. Para desesperación del empleado le encontré peros a todas las ofertas, y a mis exclamaciones de «¡qué caro es esto!», sólo respondía con un desganado: «Sí». Lo que en verdad me sorprende es que nunca intentó venderme nada. Respondió a mis preguntas pero no hizo esfuerzo alguno por tener un nuevo cliente. Ya en la calle me pregunto en qué maldito momento de mi vida el teléfono celular se volvió una necesidad real y, lo que es aún peor, por qué ahora deseo que un vendedor me venda algo...

Me sumerjo en el metro, atravieso media ciudad rumbo a casa. Antes de llegar me desvío hacia el bosque de Chapultepec para encontrar a unos amigos. Se hacen llamar Colegio Contrametafísico de Liberación Acéfala, cualquier cosa que eso signifique o dignifique, y avisaron que realizarían una «acción» a un lado del castillo, frente a un glorioso monumento del nacionalismo nacional. Los policías los sacaron, arguyendo que lo que hacían era propaganda. Y lo era, claro, lo inconcebible es que alguien se lo tome en serio. De cualquier forma, la acción se realizó fuera del parque, cambiando de entorno de vez en cuando. Aludiendo a una vieja leyenda que afirma que a los niños que se portan mal los Reyes Magos les traen carbón, montaron un pequeño puesto ambulante y se dedicaron a obsequiar trozos de carbón debidamente envueltos para regalo y sellados con el logotipo de tan noble Colegio, invitando a los paseantes a que regalaran el carbón a alguien que se haya portado mal y a participar en la redacción colectiva de una carta a los reyes.

La mayoría de los pedidos iban dirigidos al presidente de la república, al jefe de gobierno de la capital y a los diputados federales. Al presidente, a quien varios llamaron Rey Felipe, lo invitaron amablemente a cumplir con sus promesas de campaña; al Rey Marcelo, de la ciudad de México, le cuestionaron todos la pista de hielo que instaló en la plaza central de la ciudad, cuyo costo podría haber cubierto otras necesidades en esta megaurbe a ratos podrida. Para los llamados representantes del pueblo la frase fue lapidaria: «Ya pónganse a trabajar».

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Lo interesante de todo performance es la reacción de la gente. De hecho, en eso se basan las expresiones callejeras posmodernas, en hacer participar al desinteresado habitual. Algunos se alejaban asustados, otros miraban con curiosidad, unos más rechazaron el regalo (¿qué clase de persona —me pregunto— rechaza un obsequio?); desde luego, fue la gente más humilde la que se dignó a participar en la propuesta; cuanto más alta la clase más alzaban la nariz con genuino desdén. Vendedores ambulantes, obreros sin calificación, todólogos de la vida cotidiana expresaron sus reclamos con hartazgo e ironía. No pocos burócratas se acercaron para dedicar algunas palabras a sus superiores jerárquicos, los temidos y siempre vilipendiados jefes. Un joven le pidió al partido de seudoizquierda (ese que insiste en avanzar hacia la premodernidad) que dejen ya el doble discurso: «protestan por los impuestos pero qué bien los cobran». Un tonto le escribió al Rey Tlatoani Marcos: «este año quiero que me traigas una revolución social». Una jovencita dijo que «aumentaron el precio del metro, al hacerlo disminuye el presupuesto semanal, y al ocurrir esto ya no puedo ir a la escuela, ya sólo trabajo: lo que quiere este gobierno es gente bruta, entonces». Un viejito, con ancestral sabiduría —me recordó al don Juan de Castaneda—, dictó una frase simple y rotunda: «Carbón para todos, cabrones».

Y, por alguna extraña razón vuelvo a casa sonriendo, a pesar de que mañana tendré que volver a esperar durante horas en varias oficinas racionales y modernas, poniendo al día mi identidad...

México D.F.
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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