Todo un reto abandonar Ometepe, uno de esos rincones del mundo en los que vale la pena encallar y dejarse mecer por la calma y las conversaciones del viento y los animales. La fuerza de gravedad parece ser mayor aquí, ejerciendo la atracción de un electroimán de gigantescas dimensiones. Antes de dejar la isla vuelvo a visitar a Indio Viejo, en Moyogalpa, quien al verme exclama algo sobre el retorno del hijo pródigo, y nos abrazamos con cariño. Descanso dos días, tratando de acostumbrarme a la inminente partida.
Fumo a bordo del ferry mientras los volcanes quedan atrás. La isla se aleja inexorable y le prometo volver un día de estos y pasar más tiempo con ella, en ella. La isla me lanza un beso mientras el barco danza sobre el oleaje. Le digo «hasta luego», doy media vuelta y miro al frente, hacia tierra firme, donde aguarda el puerto de San Jorge. El viaje a la frontera de Peñas Blancas transcurre en silencio, con un metafórico nudo en la garganta. La carretera, junto al lago Cocibolca, me parece interminable aunque el viaje no dura más de una hora. El caos de la frontera me fastidia, a diferencia de otras veces en que me regodeo en su colorido: los trámites me parecen más tediosos que de costumbre, y había olvidado el surrealista pago de dos dólares por salir de Nicaragua. Del otro lado, abordo un bus con destino a Liberia, pequeña ciudad a hora y media de la frontera, y media hora más tarde tomo otro rumbo a San José, a donde llego de noche y destruido. Me meto en el primer hotel que encuentro, ni muy barato ni del todo limpio, pero nada me eso me importa y lo único que quiero es una ducha y dormir doce horas seguidas. Antes, envío un mensaje a un viejo amigo habanero que ahora vive aquí. Me da las instrucciones para llegar a su domicilio, «una casa rosada con jardín al frente y un montón de gatos». Durante un rato trato de conciliar lo que recuerdo de mi amigo con esa incongruente casa rosada de la que habla, y luego me rindo y caigo dormido.
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A las ocho de la mañana el taxi me deja ante una casa de madera, color rosa pálido, que de alguna manera me recuerda a las viviendas del viejo pueblo de Varadero, o de Cárdenas, allá en Cuba. Me agrada la casita en medio de la jungla de concreto que es la capital costarricense, aunque la zona en la que se halla era una zona cafetalera hace sesenta años, y por tanto su urbanización es reciente. Aún quedan dispersas por ahí viejas edificaciones de sabor rural, y en general, en esta zona, no hay construcciones altas, de modo que no se siente la opresión urbana (el parque frente a la casa aumenta el campo visual). Y me alegra, porque después de pasar tres semanas en un pueblo en la playa, y otras cinco en una finca en las faldas del volcán, la idea de sumergirme en el San José más moderno me intimidaba.
Costa Rica, y en particular San José, despiertan reacciones encontradas. Por un lado, uno no puede dejar de asombrarse ante el desarrollo alcanzado por este pequeño país (el nivel de vida es en general más alto que el de sus vecinos y los servicios públicos parecen mucho más sólidos; es más caro también, pero goza de mejores salarios: el trabajo que en Guatemala se paga a 300 dólares mensuales y en Nicaragua a 150, aquí se paga a 600); por el otro, ese mismo desarrollo, esa modernidad que atraviesa este país, llena de concreto sus ciudades, que carecen del folclorismo que ciertos turistas buscan en sus viajes. Pero también, y esto es importante, Costa Rica cuenta con más reservas ecológicas que cualquier otro país centroamericano. A la vez, carece del gran mundo indígena que uno encuentra en Guatemala y que decrece poco a poco hasta llegar aquí. De todas formas, insisto, no es el folclor lo que me mueve.
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Todos estábamos un poco locos en aquellos años, y también es cierto que el abuso de ciertas sustancias hizo estragos entre los nuestros. Recuerdo que a principios de los años noventa un gran cargamento de anfetamina pura apareció en La Habana, sin que nadie supiera de dónde provenía, aunque todos sabíamos dónde comprarla. A pesar de haberla disfrutado algunas veces no se volvió mi droga, quizá porque vi cómo las neuronas de muchos amigos se retorcieron demasiado, a veces hasta perder parte del funcionamiento lógico. Algunos, claro, quedaron en el camino.
De eso hablamos mi amigo y yo, recordando a nuestros muertos, las «víctimas del bar» de la generación cultural que nos dio cobijo. A él lo recuerdo como a uno de los locos más cuerdo de aquella tropa, y cuando nos conocimos yo tenía quince años y él veinte (yo era algo así como la mascota del grupo): nuestra convivencia tuvo lugar en fiestas y conciertos, a los que ambos éramos asiduos. Sigo disfrutando su inteligencia y sentido del humor, y me recibe en la casa donde vive con su esposa, una linda lingüista costarricense con la paciencia de una santa. Juntos tienen un proyecto de e-learning (o, más prosaico, de educación a distancia) y buena parte del día la dedicamos a hablar del tema, mostrándome las múltiples opciones de un portal en eterna construcción: «Figúrate, asere, yo no sabía nada de base de datos, ni de internet, ni de nada de esto, y he tenido que aprender sobre la marcha». Supongo que es a esto a lo que algunos llaman espíritu emprendedor, esas ganas de aprender cosas nuevas y aplicarlas, hacer negocio, dinero: «Claro que quiero volverme millonario —dice mi amigo riendo— pero también, de alguna manera... no sé, quizás ayudar a otros», dice, con un prurito de modestia. «Eso es porque fuimos educados por comunistas», respondo riendo, y él, con el habitual doble sentido del cubano, agrega: «y eso no se olvida más nunca, asere...».
Otro cubano está parando en la casa, un moreno grande y fuerte, de las afueras de La Habana y que es, para más señas, masón. Un tipo simpático y tranquilo, sin la estridencia que el cliché le asigna a la negritud, y que viene a trabajar unos meses para volver a Cuba con dinero («la cosa allá está en candela, paquelosepas»). Habla con pasión de la masonería y lo escucho y hago mil preguntas porque para mí los masones son cosa de la Historia (me viene a la mente la revolución francesa) y los de ahora me parecen más bien una pandilla de políticos e industriales que se reúnen a hacer negocios, pienso, y él, mi amigo, responde: «aquí quizá sea así, pero en Cuba no, allá siguen siendo hermandades populares. Somos 29 mil masones en Cuba, aquí sólo hay 250. Eso sí, en las logias cubanas no se habla de política ni de religión: ahí hay de todo, y también agentes de la seguridá», y no puedo evitar pensar que Cuba sigue siendo un sitio muy raro, quizás anclado en esa misma Historia.
Luego, por fin, salgo a la calle a enfrentarme a San José.
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