Bendita infancia

San Juan del Sur, 2010


Lo mejor que pudo pasarme fue quedar varado en este pueblo playero, sin supermercados ni grandes empresas que exploten el espíritu navideño con su torpe esteticismo preempacado. Desde que se acabó el halloween, hace casi dos meses, las ciudades ya estaban llenas de mercadotecnia santaclosera y adornitos chinos. Agobia, claro: las familias se entregan a las sumas y las restas con la esperanza de cumplir con el ritual y no decepcionar a la progenie. La literatura, el teatro, el cine y la televisión nos han mostrado una y otra vez, hasta el hartazgo, que no hay nada más tenebroso que una navidad a solas y sin un centavo, en medio del atroz invierno.

Pero aquí no hay nada de eso: el sol y el calor lo cubren todo y tengo excelentes amigos que con gusto interrumpen mi soledad. En todo el pueblo, dos o tres casas y unos pocos comercios tienen lucesitas o algún otro decorado en la fachada, nada demasiado estridente. Hasta los gringos que encallan aquí parecen estar huyendo de esa fiebre, o peste, o pandemia, que es la religiosidad comercialmente organizada. Los domingos, en los templos, los cristianos cantan con más fervor que de costumbre, y los católicos pasan y pasan y vuelven a pasar con sus cánticos callejeros. Cada noche, a eso de las tres, una conga atraviesa el pueblo, le da la vuelta con sus tambores amplificados por la madrugada, y poco a poco se diluye. Los cohetes suenan a cualquier hora. Por lo demás, todo es paz y armonía en estas fechas de fiesta y recogimiento...

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Llevaban años arrumbados en un rincón del disco duro, algunos apenas ojeados, en espera de que un día me animara a continuar la lectura. Fue así que pasé la semana leyendo y releyendo evangelios apócrifos, término que en griego no alude a lo falso, sino a lo oculto. Son textos que presentan versiones de los grandes personajes bíblicos que sin duda son incómodas para el canon. En los últimos años, el que ha generado cierta controversia pública —y un puñado de buenos artículos— es el llamado Evangelio prohibido de Judas, descubierto en Egipto en los años 70 pero traducido apenas en esta década que termina. Se dice que fue compuesto en el siglo II, en pleno éxtasis gnóstico, y hay quien asegura que más que un evangelium es un dysangelium: no anuncia nada bueno. Aquí, Judas Iscariote no aparece como traidor, sino como discípulo dilecto del Maestro, por lo que le confía el papel más delicado del plan: «Tú sacrificarás al hombre que me reviste», le diría Jesús a Judas.

Una característica común a todos los textos despreciados por las Iglesias es que suelen presentar a los personajes bíblicos con un humanismo impresionante, llenos de rencores y rencillas; dolores, pasiones, envidias, dudas y hasta hormonas que humanizan a esos seres míticos —también místicos: la fe es el personaje central—. De todos esos apócrifos, mis preferidos son los que refieren a la niñez de Jesús, en particular unas pocas páginas atribuidas al apóstol Tomás (siglos II o III) que se conocen como Evangelio del Pseudo Tomás, o Historia de la infancia de Jesús.

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La Historia comienza con la huida de la familia hacia Egipto, cuando el Rey de los Judíos tenía apenas dos años, y debían ya salvar su vida. Un día, el niño encontró un pez seco, deshidratado con sal, y le ordenó que se quitase la sal y volviera al agua, cosa que el pez hizo, para espanto de los vecinos, que expulsaron a la familia del pueblo. Tras volver a Nazareth, el chico comenzó a cambiar. Un sábado —violando el obligatorio descanso—, bajo un terrible aguacero construyó una fuente y luego, con el barro, hizo doce pajaritos a los que dio vida, y volaron. Entonces otro niño, un fariseo, destruyó la fuente con una rama de olivo, y el niño Jesús, con rabia, le espetó: «Sodomita impío e ignorante […]: Quedarás como un árbol seco, sin raíces, sin hojas ni frutos», y el sodomita en cuestión cayó muerto ipso facto (en otra traducción, en lugar de sodomita lo llama insensato: el resto de la frase, y el desenlace, es igual).

Otro día, un niño que corría por el pueblo tropezó con Él, y Él, ni tardo ni perezoso, lo maldijo: «No acabarás el camino que has comenzado a recorrer», y a media carrera el niño cayó muerto, levantando una nube de polvo. Entonces, los padres del difunto, junto a otros padres de la aldea, fueron a ver a José, a contarle lo ocurrido, y Jesús, enojado, los dejó a todos ciegos. José agarró al niño por la oreja y lo sacudió un poco, y el lindo niño Jesús lo miró a los ojos y le dijo: «Bástete mirarme mas no me toques. Tú no sabes quién soy. Y si lo supieras no me contrariarías. Porque, aun estando contigo, he sido creado antes que tú». Y el putativo padre, temeroso, dio un paso atrás (en algunas traducciones Jesús no es tan áspero, aunque siempre es sabiondo y rencoroso y, al igual que en la Biblia, hay que lidiar con su exasperante megalomanía, tara que no está ni más ni menos acentuada en los evangelios apócrifos que en los canónicos).

Luego narra los pequeños problemas con sus profesores. El primero que vio en él a un chico excepcional, y quiso instruirlo, acabó vapuleado. El muchacho comenzó diciendo que él no tenía nada que enseñarle a Él, pues «yo he sido el Señor antes que todos los hombres, y la gloria de los siglos me ha sido dada. Mas nada se os ha dado a vosotros», dijo el alumno al maestro y al resto de los niños. El profesor quiso entonces enseñarle las letras, comenzando por alpha, y Jesús lo corrigió: «Observa, maestro, la disposición de la primera letra, y nota cómo hay líneas y un rasgo mediano que atraviesa esas líneas que tú ves comunes y reunidas, y cómo la parte superior avanza y las reúne de nuevo, triples y homogéneas, principales y subordinadas, de igual medida. Tales son las líneas del Alpha». Terminada la lección, el maestro fue a ver a José, y le dijo: «Yo te ruego, hermano, que te lo lleves, pues no puedo mirarlo a la cara, ni escuchar sus discursos asombrosos». Otro maestro, encolerizado por los desvaríos del niño, lo golpeó en la cabeza «y Jesús, irritado, lo maldijo, y el maestro cayó al suelo, y murió». Luego, lo acusaron de haber lanzado a un niño desde una azotea, y Jesús llegó hasta el niño muerto y le ordenó: «Zenón, levántate y di si yo te he hecho caer», y el pobre Zenón (o Simón, según la traducción) se puso de pie, aturdido, y respondió: «No, Señor: tú sólo me has resucitado». Así, poco a poco, el niño Jesús parece enmendarse y se dedica a curar enfermos y a repartir grano entre los pobres, las viudas y los huérfanos. El relato termina dando gracias a Dios, Padre Todopoderoso. Amén.

Edificante lectura en torno a la humildad y el amor incondicional a todas las creaturas...

San Juan del Sur
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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