Una mañana nublada en la ciudad de Oaxaca; buen día para huir a la playa. Menos de trescientos kilómetros nos separan de la costa, aunque el viaje dura más de seis horas. Reservamos asientos en una camioneta que hace el trayecto regular, semidestartalada, sin cinturones de seguridad, y partimos dando tumbos rumbo al Pacífico. Hacia el sur la mancha urbana se extiende hasta Ocotlán, pueblo famoso por su artesanía de barro negro; luego comienza el tedioso ascenso a la sierra. Si Oaxaca se encuentra en un valle a unos mil cuatrocientos metros de altura, para llegar al mar hay que atravesar montañas cuyo punto más alto está a dos mil quinientos metros, poco más o menos.
Serpenteamos cuesta arriba, montaña a un lado, abismo al otro. Los ocres del valle han sido sustituidos por los verdes del bosque; luego inicia el vertiginoso descenso, carretera estrecha y maltrecha, curvas infinitas, selva tropical y luego la playa, el mar, el Océano Pacífico. En apenas trescientos kilómetros se recorren tres o cuatro climas y vegetaciones; en el punto más alto hay que abrigarse bien, en el más bajo desvestirse casi por entero.
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Huatulco es un conjunto de pequeñas bahías, algunas sólo accesibles desde el mar, otras por pequeños caminos de tierra. La bahía principal está semivacía; no es temporada turística, aún es invierno, a pesar de los treinta y tantos grados de temperatura que caen sobre uno. Quizá a los turistas tampoco les guste esta playa: suele ser frecuentada por «el pueblo», ese ente abstracto que sólo despierta simpatía a la distancia, sin contacto directo. La diferencia es fuerte; el turista suele ser blanco o de piel clara, y usa tanga o bikini; el local es moreno y se baña con short y t-shirt. El indígena es tímido con su cuerpo, con la exhibición de éste; el turista es su opuesto. Uno se pregunta dónde está aquel indio primigenio, desnudo y lascivo, que tanto indignó y sedujo al conquistador...
El desarrollo turístico de esta zona es reciente e impostado. Esto ni siquiera era un pueblo, apenas había casitas —o palapas— de pescadores, dispersas sin orden ni concierto. Los mexicas lo llamaron Cuahtolco; los españoles Guatulco. A mediados del siglo XVI se convirtió en un importante puerto comercial, lo que atrajo la atención de bienintencionados señores como Francis Drake y Thomas Cavendish, ambos de oficio corsario. Fue a finales del siglo pasado cuando comenzó a construirse el actual mundo hotelero. Las moles llenas de habitaciones se erigen junto al mar, fuera del poblado, aislados en su paquete vacacional. Afean, por qué no decirlo, el paisaje.
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Esta mañana, al llegar a la playa, un nuevo edificio parecía haber crecido en la bahía. Se trata de un crucero que llegó a primera hora, no el más grande que he visto pero sí enorme para las proporciones locales. Aunque el asunto suena de lo más lujoso, en realidad se trata de esos paquetes que se pagan a lo largo de un año o dos, lleno de jóvenes y jubilados que de otra forma no podrían permitirse unas vacaciones en Huatulco. Se dice que de todos los comercios del pueblo, el que más gana con la llegada de los cruceros es la farmacia. Los señores en busca de Viagra, las señoras de antidepresivos, e intuyo que en medio hay toda una gama de productos para la hipocondría cuya adquisición en Estados Unidos requiere receta médica y en México sólo dinero.
Unos pocos bajan a la playa (poquísimos, si pensamos que en el crucero quizá haya mil pasajeros), se tiran en la arena y para desespero de los vendedores de la playa, si acaso compran una cerveza. En una mesa cercana dos individuos se acomodan, vencen su repugnancia —les han dicho una y mil veces que no es bueno comer en México— y piden una ensalada de mariscos. Uno de ellos la olfatea con perruno gesto, la prueba, pone tremenda jeta de not bad (ojos hiperbolizados, boca en O, manos como hélices) y devoran el plato. Cuando uno se acostumbra a comer mierda todos los días, las comidas más sencillas asombran con su inmediata exquisitez. Seducen opíparamente...
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Nos trasladamos a una playa cercana, a unos veinte minutos en automóvil. Un sitio hermoso y desolado, con fuego que cae del cielo y viento que arrastra arena: paradisíaco en un sentido infernal. La sombra se ausenta de la playa y los mediocres arbustos hacen lo que pueden por contener el sol. La soledad es un asunto mayor, el paisaje vacío tiene voz única, transmite algo especial, algo personal. Supongo que es la sensación del propietario que exclama «¡Todo esto es mío!», aunque en mi caso la propiedad sea efímera, perentoria.
La ciudad es gente, y es ahí donde radica su belleza; la belleza de este sitio, en cambio, consiste en que no hay nadie que perturbe la contemplación. Desde luego, algo de egoísmo hay en este no querer compartir el instante, en el reclamo de pertenencia, en la necesidad de que ningún sujeto se atraviese ante el paisaje. Durante unas horas la playa me pertenece; la hago mía, me hundo en ella (en sus aguas), me empanizo en sus arenas y me siento el rey del mundo conocido, que no es más grande que la playa entera. El más crío de mis críos corre sin parar, recoge conchas y corales secos y se deja revolcar por las olas, feliz del hallazgo del Pacífico. Construye castillos de arena para luego darse el gusto de destruirlos, y me pregunto si estaré criando a un incendiario, a un futuro regicida...
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Cae la noche en la playa. Me acuesto a ver las estrellas y me dejo llevar por un sueño plagado de guerreros aztecas, piratas ingleses, conquistadores españoles, caciques criollos, todos juntos y mezclados en el tiempo, como si la historia fuera un mundo imaginado, la fantasía de una noche en vela. Quisiera detener este instante, eternizarlo, no sé si por el rumor de las olas, la ligera brisa, las músicas que suenan a lo lejos, o por esas estrellas que desde lo alto me cuentan historias que no ocurrieron, que se inventan a sí mismas entre nubes blanquigrises. En medio de todo, una luna a medias que ilumina la noche entera.
Dormito y despierto. La playa sigue en su sitio y yo en ella. Ya casi es medianoche y me digo que tengo volver a casa a retomar la escritura. Si he de ser honesto, en días como éste me resulta muy difícil trabajar.
Supongo que es culpa de la playa...
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