Azares culturales

Ciudad de Panamá, 2011


Es un edificio de tres pisos con un simpático patio interior, poblado de mesas. El blanco es su color, con puertas y ventanas de madera de un verde tropical. En la planta baja está el café que desde mi primer día en Casco Viejo se volvió mi oficina, uno de esos sitios en los que puedo pasar horas escribiendo, escuchando conversaciones ajenas en las que a veces me entrometo sin ser invitado, reforzando así el inveterado hábito de forjar amistades. Tranquilidad, buena música (jazz abstracto, viejos sones cubanos, reggae, dub, blues), café, vino, comida ligera y todo lo necesario para una larga jornada laboral. Hay también una galería, y una exposición fotográfica me saluda al entrar.

Arriba, talleres de dibujo, teatro y algo más, poblado por niños y adolescentes del barrio y de otras zonas y, según cuenta la agradable propietaria, la tercera planta la habilitan para integrarse a algún programa de intercambio de artistas. «El problema ―dice la dueña― es que en Panamá conseguir inversores o, más difícil aún, ayuda estatal para proyectos de este tipo es una verdadera pesadilla». Murmuro que el problema quizá sea generalizado, aunque no es difícil intuir que en esta ciudad hiperfinanciera la situación puede ser un poco más compleja: «Los políticos son empresarios, los empresarios incultos, y los artistas se van de aquí», comenta un joven amigo pintor mientras hace las maletas, justo para irse de aquí...

En todo caso, si se compara con México y algunos países sudamericanos, los apoyos estatales al arte y la cultura en toda Centroamérica son más bien escasos y el capitalismo local tampoco parece interesado en tal asunto. El rescate del patrimonio arquitectónico importa porque atrae turistas y estimula el negocio inmobiliario; y en provincia, las festividades populares son financiadas por los respectivos ayuntamientos, pero fuera de eso no parece haber mucho más aparte de la iniciativa y los escasos recursos de los diversos colectivos artísticos.

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En Casco Viejo he ido a un par de conciertos en edificios abandonados, suerte de reciclaje, reutilización del espacio en desuso. El jazz más rabioso y melódico que he oído en mucho tiempo lo escuché en un exconvento y excuartel no del todo en ruinas, con una acústica impresionante y una gigantesca virgen en el muro que ningún anarcopunk se ha atrevido a taguear, pese estar rodeada de grafitis. Los encargados del lugar son un excomunista y un expolicía, otrora frente a frente en las manifestaciones callejeras y ahora hermanos que viven aquí, en el edificio en ruinas, donde también operan un oscuro bar de death metal (tras el concierto, entre cervezas y muros descarapelados, suenan los modestos Morbid Angel: «I am the god of gods / master of the art / I desecrate the chaste / writhe in the flesh»)...

El otro concierto, con varios grupos y dj's, instalaciones, performances, proyecciones en los muros y mercadillo de arte y chucherías (y cerveza a raudales), ocurrió en un edificio de arquitectura cuadrada, ocupando sus tres largos y deteriorados pisos, organizado por varios colectivos que intentan reavivar la parte antigua de la ciudad. Cuando entro, un trovador se aferra al micrófono: «Poeta, si no vas a escribir con los cojones mejor no escribas» (e intento imaginarme con un bolígrafo en el güevo izquierdo, meando metáforas que rimen con semen y no embaracen al lector). La noche es larga y se llena de individuos e individuas de diversa suerte y condición, mezcla de clases, nacionalidades y lenguas que conviven entre ruidos, luces y sombríos rincones donde se regodean las parejas con caricias pasajeras y besos robados al tiempo. La ebriedad colectiva no es sólo alcohólica; es, más bien, la alegría de la comunión, del estar juntos bajo la luna llena, de la convivencia entre distintos iguales. Nadie es raro hoy, ni feo, ni tonto. Ahí están los pobres del barrio, los turistas y los ricos de otras zonas de la urbe y, al menos por esta noche, en este lugar, no hay barrera que los separe.

En otras capitales de Centroamérica no tuve el gusto de encontrar casas ocupadas con fines artísticos o culturales. Admito que este tipo de sitios, de acciones, suelen gustarme más que museos, galerías, salas de conciertos y otros espacios concretos, indisolubles al quehacer artístico o, al menos, a su socialización. No es que desprecie las instituciones culturales ―estatales o privadas― es, tan sólo, que aprecio sobremanera la autorganización, la autogestión, la ocupación. Llenar el vacío. Frente al victimismo poético ―«¡ay!, no nos prestan los espacios»― me parece la única opción viable, esencia del do it yourself. La cultura libertaria, radicalmente individualista, en efecto, es primero una cultura, de lo contrario no es.

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La vida cultural resulta un tanto subdesarrollada si se compara con otros territorios de la vida de esta urbe. Tiene que ver ―todos insisten en ello― con un deficiente sistema educativo, con el retroceso de la clase media y con los vacíos institucionales en los terrenos del arte. No es sólo una cuestión de producción cultural, es también un asunto de consumo, cerrándose el círculo vicioso. Rota la educación cultural, rota la divulgación de la cultura, rotos los mercados culturales, la situación es compleja para el artista emergente (que pese a todo emerge). Aún así, algo se cuece, y no sólo en términos estrictamente nacionales: he encontrado a varios artistas de otras latitudes que viven y trabajan aquí, que han abandonado ciudades con más espacios artísticos para encerrarse en Panamá, que sin duda encanto tiene. A algunos les va bien y a otros sólo les va, pero aquí siguen, contra viento y marea, tratando de crear obras, talleres, públicos y mercados.

Todo esto, claro, genera una suerte de cultura de la resistencia (¿recuerdan aquella pequeña aldea gala que aislada y solitaria resistía la invasión del imperio romano?): eso, aislamiento, soledad, guetificación, sectarismo; y también orgullo, solidaridad, irreverencia y partisanismo. Es inevitable, son ellos contra la urbe entera, contra la televisión, contra la radio, contra la cultura de masas, contra una clase pudiente que no consume arte, una clase media que no puede darse el lujo de consumirlo y una clase popular que no tiene interés alguno en «esas cosas». Quizás, lo peor, es la increíble desorganización e incomunicación entre los pocos espacios y los pocos públicos. Enterarse de un evento, de un acontecimiento, no es asunto fácil (y en la era de internet me parece absurdo: portales desactualizados por doquier). Es como si todo se moviera entre el azar y la improvisación, lo que le hace un flaco favor al potencial creativo que sin duda hay en esta contradictoria ciudad, llena de grisura y de colorido también.

Porque ―insisto― lo que he encontrado me gusta.

Ciudad de Panamá
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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