Ave María y los perros

Puerto Viejo de Talamanca, 2011


¿Por qué tan enojados?, me pregunto mientras escucho los alaridos que salen del templo evangélico. La voz vocifera condenando a los condenados y el coro responde con aleluyas y jesuses. Enfrente, en unión de otros pecadores del mundo, bebo una cerveza y me pregunto, una vez más, por qué odian tanto a la humanidad, por qué desean que ardamos todos en las llamas de la eternidad, por qué cada gesto nuestro es un pecado para ellos. Los bramidos de la iglesia retumban en el cielo y la palabra infierno suena una y otra vez, y aunque lo mientan en tanto amenaza y castigo, no puedo evitar pensar que cualquier cosa, incluido el infierno mismo, es preferible a esta gritería insensata, ridícula y esperpéntica. Creerán en el amor divino pero su discurso es violento y cruel. Más que una reunión espiritual parece un mitin político de la peor ralea: la voz —el tono, la forma de gritar— me recuerda a los discursos de Hitler que uno encuentra en YouTube. En efecto, cada palabra es un golpe al hígado.

Aunque mi religioso desprecio a las iglesias es constante, debo admitir que es en el trópico donde me parece más insensata su presencia, quizá porque éste es algo así como mi territorio espiritual (metafísica caribeña, teología del pargo a las brasas, adoración de la sacrosanta cerveza) y el infierno no es otra cosa que el fuego que cae del cielo. El trópico es ya un pecado y desde luego, reúne en su seno a los pecadores todos, religiosos o no. En estas condiciones, ¿cómo ladrar contra el sexo en una cultura tropical, contra la pereza de las tres de la tarde, contra el ron con hielo o la hierba frente al mar? Una vez más, el trópico es vicio y perdición, de lo contrario no es trópico. Todo recato es antitropical per se.

*

«Prefiero mil veces la compañía de un matón a extenderle la mano a uno de esos puercos», murmura un amigo en el Tex-Mex, refiriéndose a los pastores en conjunto. «Cuando vivía en Limón —continúa— había uno con tremendo carro y cadenas y anillos de oro y siempre me paraba en la calle para invitarme a su iglesia. Yo le volteaba el rostro, mae, porque con esa gente yo no me llevo. Un domingo pasé frente a su templo y afuera, después del servicio, estaba él con su rebaño. Entonces el mae se hizo el gracioso y comentó que yo no entraba a la iglesia porque ahí no había puros, y me paré en seco, lo miré a los ojos y ahí, delante de todos los feligreses le grité que ni picha, que no entro a la iglesia porque no puedo ver a un hijueputa robándole a los pobres para comprarse carros y casas y oros: "¿Usted cree que usted va a ir al Cielo, hijueputa?"», brama mi amigo henchido de tropicalismo, pálida su negritud y blanca la carcajada de sus dientes. La mujer tras la barra ríe por lo bajo mientras finge limpiar con un trapo y otro señor que se encuentra más allá, ofendido, nos mira con cristiano desprecio.

Hurgando en las maledicencias del pueblo uno encuentra las más espantosas historias de iglesias y religiones, lo que habla no sólo de los delitos cometidos al amparo de la religiosidad, también de la desconfianza nata hacia todas las instituciones, incluidas las de la fe. Aunque en el pueblo hay varios templos de diferentes denominaciones, lo cierto es que el público en todos ellos es bastante escaso (cuatro gatos, como quien dice), dando la impresión de que la bulla que arman es inversamente proporcional al número de feligreses.

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La chica se sienta en la barra y pide algo de comer. Mientras espera cuenta cómo cambió su vida desde que conoció a Cristo, cuán feliz es ahora y qué bien está lejos de los vicios mundanos. Y sonrío sin cinismo ni burla, porque una cosa es ser un ateo irreverente y otra muy distinta ser mezquino y desagradable. Si la fe le da a esa chica un sentido de pertenencia, si la hace sentir que tiene un propósito en la vida, que su existencia es de algún modo útil, si puede mirar al futuro sin angustiarse demasiado, si, en definitiva, es feliz, entonces bienvenida sea su fe. El hecho de que yo no la necesite no me lleva a despreciar a quien sí la requiere —aunque sigo despreciando a las iglesias con el mismo fervor de siempre—. Entonces la chica comete un error: tratar de convencer al respetable de que la fe es el único camino a la felicidad, etcétera, mas no cualquier fe, pues sólo la suya salva.

La salvación siempre me ha intrigado, y con toda honestidad sigo preguntándome de qué debo ser salvado. ¿Es la vida un valle de lágrimas y sufrimiento? Bueno, sí, a veces lo es, hay días peores que otros (la gente muere y de todas formas vivimos rodeados de políticos, policías, soldados, banqueros, pastores, proxenetas, traficantes, asesinos y otros seres desagradables) pero reducirla a un sufrir que sólo puede superado portándose bien y dándole dinero al clero para garantizar un pedazo de nube en el Paraíso, donde estaremos por fin a salvo del mundo real, me parece tan ridículo como el chiste aquel de la sociedad sin clases, el más allá de los «materialistas dialécticos»...

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Mientras se extinguen los aleluyas y jesuses y el astro diurno desciende hacia el mar la conversación se traslada al Madrid de las manifestaciones, punto de convergencia de un montón de ideas y deseos dispares. Los pecadores reunidos en la barra no logramos ponernos de acuerdo en torno al significado de aquello (¿hacia dónde va?, ¿quienes están?, ¿es de verdad un movimiento?) y los correos recibidos desde España por amigos que han estado plantados todos estos días en la Plaza del Sol tampoco me ayudan a entender el todo. Quizás no haya nada que entender, quizá sólo es una expresión de descontento más —necesaria sin duda para recordarnos que el mundo además de bello está todo jodido— sin que contenga en sí misma solución alguna. Quizá ni siquiera hay solución. No lo sé. Uno de los pecadores, en medio de una frase muy revolucionaria, queda mudo y paralizado, y al seguir su vista me ocurre otro tanto. En efecto,

el culo más bello del mundo entero pasa ante nuestros ojos, nos saluda con un guiño de su bolsillo izquierdo y sigue su bamboleante andar. Entonces, ebrio ya de fe y religiosidad, exclamo para mis adentros: «Ave María purísima», y jadeo y saco la lengua.

Como los perros.

Puerto Viejo de Talamanca
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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