Autocracia conspirativa

Ciudad de Panamá, 2011


Estoy entorrado (o entorrecido). Entre las torres que me rodean en esta ciudad frente al mar y las que se han estado derrumbando durante toda la semana en el televisor, añoro casi un paisaje desértico. Toda la semana, decía, para estimular mi natural insomnio, pasé las madrugadas viendo documentales sobre el 11-S, como los publicistas han bautizado al Día del Derrumbamiento del Símbolo. Una y otra vez las Torres se desmoronan en la pantalla, como hace diez años, en interminable repetición —eterno loop—, alimentando los sueños de destrucción que sin duda llevo dentro. Una cosa me llama la atención en todo esto: el desplazamiento de la historia, que ya no se narra desde los grandes generales o políticos, sino a partir del bombero, del policía de esquina, del oficinista y del vendedor de hot-dogs. A diferencia de lo ocurrido con otros acontecimientos del pasado, los historiadores del mañana tendrán siempre a mano el relato de los hombres y mujeres de a pie, las verdaderas víctimas, los verdaderos hacedores de los grandes acontecimientos.

A la par de los documentales «oficiales» (los del History Channel o el National Geographic) se encuentra una marabunta de ensayos y videos que atacan la versión del ataque e insisten en que todo fue un plan maestro fruto de una mente macabra y retorcida. Los veo y me siento atrapado entre dos conspiraciones distintas, religiosizadas ambas, una musulmana y la otra cristiana. Y en ambas tesis hay argumentos suficientes, y expertos que los refuerzan, y multitudes que creen en una u otra conspiración. Desde luego, nunca he dudado de la imperiosa necesidad del ser humano por engañar y ser engañado, por mentir y creer, por justificar, de una u otra forma, lo injustificable. Al final, un día cualquiera nos vamos a enterar que la verdad es mucho más simple y vulgar, también evidente: que esos grandes edificios, símbolo del capitalismo, del american way, simple y llanamente estaban mal diseñados y peor construidos, y la conspiración radica tan sólo en el esfuerzo por ocultar tan vergonzoso hecho...

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Hay una belleza natural en unir los puntos; se trata de un ejercicio que desde la más tierna infancia practicamos con los cuadernos para dibujar. Creyéndonos animales lógicos, y hundidos a la vez en lo predestinado, desconfiamos del azar, de los acontecimientos que se encadenan solos (y cuyo encadenamiento aprovechamos para insertarnos e insertar nuestros deseos). Cuántas veces he fumado y me he tirado ante el paisaje a unir los puntos de la historia para inventar mi versión de la misma. Así, por ejemplo, don Christophorus Columbus, a quien la historia oficial acredita como genovés pero todos sabemos que era judío (su hijo y biógrafo jamás reveló el lugar de nacimiento del Almirante), no llegó a la futura América por error, sino por estar en posesión de dos antiguos mapas, uno vikingo y el otro chino, que mostraban sin lugar a dudas el nuevo continente que a su vez, no era otro que la legendaria Atlántida descrita por Platón en los diálogos de Timeo y Critias.

La historia, claro, se conjuga con conspiraciones verdaderas (tanto el poder como la subversión conspiran constante y voluntariosamente) pero además necesitamos construir otras conspiraciones, reales o no, para asimilar los acontecimientos que no entendemos por sí mismos —por nosotros mismos—. A propósito del «problema judío» me viene a la mente aquel panfleto decimonónico titulado Protocolos de los Sabios de Sión, vulgar plagio de una verdadera obra maestra, el Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, y que fue utilizado para denunciar la conspiración judía para apoderarse del mundo (el futuro Führer, en su Mein Kampf, hermana a los Rockefeller y a Marx en tanto conspiradores judíos con un plan común: subyugar al trabajador no-judío). Una maravillosa teoría en torno al atentado a las Torres Gemelas culpa a los Rosacruces, a los Illuminati y a los masones (y hay otra que asegura que el Manifiesto Comunista no fue escrito por encargo de la AIT sino de una orden masona secreta). La más hilarante contraconspiración de los últimos años es la propuesta por Quentin Tarantino en torno a la muerte del Führer, y acabo de leer en un muy serio sitio en internet que Hitler era hijo bastardo de un Rothschild, y que Angela Merckel es la hija secreta de Hitler, fruto de la inseminación artificial nazi. La más extendida, volviendo al World Trade Center, es la que insiste en que se trata de una conspiración de las familias Bush y Bin Laden para ampliar sus negocios.

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La ciencia ficción también ha dado lugar a varias conspiraciones extraterrestres, siendo la más extendida la de los reptilianos de David Icke, lagartos humanoides de la draconiana constelación Draco llegados a la Tierra desde tiempos inmemoriables para convertirse en los verdaderos gobernantes del mundo (los líderes políticos, económicos, religiosos y culturales son todos lagartos del espacio exterior). Las más antiguas mitologías del hombre sustentan esta tesis (Quetzalcóatl, o Sobek, el dios-cocodrilo de los egipcios), y la cultura popular sin duda la refuerza (pienso, por ejemplo, en la serie de televisión V, de 1984, anterior a la teoría de Icke). Entre los numerosos archivos internéticos dedicados al tema sobresale la entrevista realizada en 1999 a un ser reptiloide de nombre Lacerta, firmada por un tal Ole K., sueco, quien en la introducción certifica que el presente texto «es la verdad absoluta y no un trabajo de ficción», tal y como hacía Poe cuando publicaba sus relatos en los más abyectos tabloides estadounidenses.

Al final, la única conspiración en la que creo, versa en torno a unos organismos, automáticos o estándar, surgidos de las más oscuras catacumbas del cruel capitalismo industrial con la única función de controlar nuestro movimiento. Son esos seres mecánicos los verdaderos Amos del Mundo, los Agentes del Caos, los Impositores del Destino Urbano. Sus manifiestos se ven todos los días en los canales de televisión del mundo pues la publicidad es la nueva propaganda, la única todavía aceptada y, dicen, aceptable (el «fin de las ideologías» estaría muy bien de no haber sido sustituidas éstas por el reino de la publicidad). El parque automovilístico —la Armada Automotriz— crece y se expande por el mundo. Todo el esfuerzo de la humanidad se dirige a alimentar con petróleo, gas y pronto con electricidad, los bajos impulsos de estos autómatas en apariencia controlados por nosotros, aunque la Verdad, como sabemos, es otra; y todo el esfuerzo del individuo consiste en obtener uno para ser esclavo de sus movimientos y de los impuestos derivados de su posesión. El automóvil es el nuevo tirano, y el claxon su voz de mando. Ese pequeño robot tripulado, que sin embargo tiene propósito propio, «encarna» la verdadera dictadura de nuestro tiempo: la última Autocracia.

Ciudad de Panamá
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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