Parecía una lluvia cualquiera. Incluso cuando pasaron varios días lloviendo sin parar seguía pareciendo una lluvia cualquiera. Poco a poco comenzó a quedar claro que esto no era un simple chubasco y se declaró alerta nacional. Junto al diluvio se alborotó el volcán Pacaya, escupiendo ceniza sobre la capital y alrededores. El aeropuerto quedó cerrado y la histeria colectiva comenzó a notarse aquí y allá. Durante días la lluvia llenó las calles hasta convertirlas en ríos, se perdieron cosechas y viviendas, así que me mantuve encerrado fumando, viendo el aguacero por la ventana y murmurando improperios...
Pero todo ha vuelto a la normalidad. El sol se instala en lo alto del cielo, las calles vuelven a poblarse automóviles ebrios de monóxido de carbono y en la radio los comentaristas cristianos dan gracias a Dios por detener una catástrofe que, supongo, él mismo inició. Desde luego la locura por el fin del mundo domina la discusión. El 2012 aparece como fecha última en esta vida nuestra y una indecente mezcla de cosmogonía maya, apocalipsis católico, nostradamusismo, atlantes, extraterrestres y destrucción hollywoodense se encuentra en no pocos textos «serios» sobre el tema. La seudociencia en su máximo esplendor, el chamanismo posmoderno suelto sin bozal ni vacuna.
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La civilización maya se distinguió, sobre todo, por su profunda observación de los fenómenos celestes y por una matemática vigesimal con perfecto conocimiento del cero, desarrolladas ambas durante su período clásico, entre los años 300 y 900 del calendario gregoriano. El calendario de los mayas se divide en realidad en tres; el primero, de orden religioso, llamado a posteriori tzolkin cuenta 260 días divididos en 20 meses; el calendario civil, de nombre haab con sus 360 días divididos en 18 meses de 20 días (más cinco días «nefastos» en los que toda actividad se detenía), y la llamada cuenta larga, que comenzó el 13 de agosto del año 3114 antes de nuestra era y finaliza el 21 de diciembre de 2012.
Es ésta última cuenta la que la alimenta la histeria, al ser interpretada como el fin del mundo (o de la civilización, que para nosotros significa lo mismo) cuando en realidad no es otra cosa que el fin de un ciclo, con el inconveniente de iniciar otro, también de 5126 años. Aunque en la cultura pop se habla de «una antigua predicción maya» en realidad no existe algo similar, sólo el anuncio de un ciclo que se cierra y las naturales expectativas que implica todo comienzo. La cultura del Apocalipsis es cristiana, no maya, y a lo largo de los últimos dos mil años los cristianos han anunciado en más de una ocasión la inminente llegada del Juicio Final, siempre sin éxito.
En todo caso, en estos días de lecturas he encontrado cualquier cantidad de «secretos desvelados», «coincidencias históricas y naturales» y por supuesto «teorías» varias, a cual más absurda y disparatada. Así me enteré de una supuesta cultura más avanzada que la nuestra y que legó su conocimiento a mayas y a egipcios por igual, lo que explicaría «la similitud arquitectónica de ambas civilizaciones». La equivalencia entre las inexistentes predicciones mayas y las reales pero erróneas de Nostradamus son «obvias» para algunos «investigadores». En no pocos textos se cita a la Biblia como si se tratara de un libro científico, y desde luego no falta el insano que mienta a los atlantes o a los extraterrestres como origen de la civilización maya. Las publicaciones new age hacen su agosto con tonterías sobre la «purificación» de la humanidad y nunca falta un mayista sin conocimientos históricos (pero sí esotéricos) dispuesto a hablar de la «verdad»...
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Tras una semana de simulacro de fin del mundo por fin salgo a la calle. El solito (me gusta este diminutivo local) me alegra la existencia y aprovecho para pasear por la ciudad. Camino sin rumbo hasta que un comercio atrae mi atención, cruzo la puerta y me encuentro con una pared llena de rifles y escopetas y un aparador con revólveres y pistolas. El encargado, un joven de veintitantos años, estudiante universitario y ex oenegero, se interesa en mis preguntas y no duda en ponerme al tanto de los mecanismos legales para la tenencia y portación de arma de fuego en territorio guatemalteco. Fue una conversación larga y en cierto modo surrealista: En mi universo, armas e ilegalidad suelen ir de la mano.
En Guatemala la tenencia de armas de fuego es un derecho constitucional, y es la Dirección General de Control de Armas y Municiones (adscrita al Ministerio de la Defensa Nacional) la encargada de controlar y regular el flujo de armamento en el país, aunque la realidad habla de un intenso mercado negro que se nutre de tres fuentes fundamentales: México, El Salvador y el propio Ejército de Guatemala, sobre todo para lo que refiere a rifles de asalto como el SAR-21 (Singapur), el AK-47 (de la extinta URSS), el AR-15 (Estados Unidos) y el inefable Galil (Israel), arma oficial del ejército guatemalteco.
Obtener un arma legal es relativamente sencillo; basta presentar unos cuantos documentos ordinarios (identificación, comprobante de domicilio, foto, etc) y la certificación de carencia de antecedentes penales y policiacos. En términos de calibre no hay limitación alguna, la restricción se encuentra en el arma misma, no en la munición. Las armas automáticas se consideran de uso exclusivo del ejército, pero cualquier ciudadano puede tener un revólver o una pistola semiautomática calibre .45 o 9 milímetros. «¿Y cuánto cuesta un revólver .38?», le pregunto. «Bueno eso depende, porque tengo revólveres de procedencia argentina de mil quinientos quetzales, y un Smith & Wesson puede costar unos ocho mil». Mil quinientos quetzales es aproximadamente el salario mínimo mensual. No es gran cosa, no siempre alcanza para la canasta básica, pero sí para un revólver sudamericano.
Obtener la tenencia es sencillo, pero la licencia de portación implica exámenes sicológicos, de tiro y legales, y el trámite debe realizarse por fuerza en la capital del país (la centralización sigue siendo el monstruo burocrático que da coherencia al Estado). Si la edad para tener un arma en casa es a partir de los 18 años, para portarla se debe tener como mínimo 25. El vendedor, que a estas alturas de la conversación me ha mostrado varios panfletos legales, incluyendo la tenencia de algún cliente, extrae de la billetera su licencia para portación de arma de fuego, donde tiene registrada una pistola.
«Desgraciadamente, y no lo digo porque yo esté en el negocio, mucha gente prefiere saltarse el trámite legal, que dura como mínimo dos semanas, y compra un arma en el mercado negro. Y es una pena, porque en nuestro país es legal tener y portar armas». Lo cierto es que las armas sin registro son mayoría, no sólo entre delincuentes, también entre ciudadanos comunes que deciden armarse contra la delincuencia. La espiral se concreta así: una institución del Ministerio de la Defensa es la encargada de regular las armas de fuego, y otra institución de ese mismo ministerio, el Ejército, se encarga de nutrir una parte del mercado negro. El vendedor insiste: «Sin importar lo que el ejército pudiera haber hecho durante el conflicto armado, es la única institución con responsabilidad suficiente para controlar las armas». Y es aquí donde mi cerebro se va a otro lado, al conflicto armado, como llaman con candidez a la guerra civil que durante treinta y seis años desgarró a este país, tema todavía complejo que para unos es tabú y para otros algo superado.
Así las cosas, otro día hablaré de ello...
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