Antigüedades

Antigua Guatemala, 2010


Corría el año de 1773. El reino de Guatemala, integrado por Honduras, Belice, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica y Chiapas, ve su capital destruida tras una serie de temblores y terremotos ocurridos el 29 de julio, y otra vez el 13 de diciembre. Santiago de los Caballeros de Guatemala quedó de tal modo afectada que las autoridades coloniales signaron su abandono y el propio capitán general decretó su total demolición, orden que no fue del todo cumplida. Tres años más tarde se funda la moderna capital del reino, Nueva Guatemala de la Asunción, y tras una década se completó por entero el desalojo de Santiago de los Caballeros, ciudad que comenzó a ser conocida, de facto, como la Antigua Guatemala.

Antigua, por fortuna, no fue del todo destruida, y su reconstrucción se hizo al margen de los valores estéticos imperantes en el naciente siglo XIX, conservando un cierto aire barroco que sin duda es parte de su atractivo. Es como si se hubiera detenido en el tiempo, y aunque se trate de una mera ilusión óptico-arquitectónica, da la impresión de que no se ha construido nada nuevo desde fines del XVIII. En las calles empedradas del centro no hay un sólo semáforo, jamás suena un cláxon y aún así el automóvil, el 4x4, el tuc-tuc y el peatón conviven en relativa armonía y consideración. Por lo demás, todo es hotel, restaurante, bar, café o agencia de viaje (también hay bancos, McDonald's y Dominos Pizza).

Tres volcanes la rodean, y la ciudad, aunque bella, es ante todo sobria y elegante. Y cuadriculada. Y colorida. Y de cultura turística. Dormir y comer cuesta el doble que en cualquier otra población que he conocido en este país; en la búsqueda de alojamiento no faltan los hoteles que ponen el precio en dólares, y el inglés es sin duda la tercera lengua, tras el español y el kakchikel (la importancia de la lengua inglesa no refiere sólo al turismo, sino a la gran comunidad de ex patriados gringos —se llaman a sí mismos ex-pats— que se ha generado en la ciudad, constituyendo un polo cultural relativamente fuerte y un tanto aislado del resto de las culturas).

Una manifestación se desarrolla en el centro de la ciudad. Son poco más de medio centenar y unas cuantas banderas del Frente Nacional de Lucha (desde luego rojinegras, siglas blancas, estrellas amarillas: la imaginación ante todo) ondean por ahí. Los reclamos son justos; el orador recuerda que es un crimen que «en un país tercermundista el alcalde de la ciudad tenga un salario de 80 mil quetzales», toda una fortuna si se piensa que el salario diario de un campesino ronda las 40 unidades. El centro de la ciudad pertenece a los ricos (alcalde incluido), mientras «el verdadero pueblo —recuerda el orador— vive en las comunidades de los alrededores». En un intento por ganarse a los periodistas, afirma que los «trabajadores de los medios de comunicación también son pueblo, también viven de un salario»: Marx le habría aplaudido; no queda mucha gente capaz de recordar que proletario es todo aquel que vive de su sueldo y no de sus rentas.

En torno a los manifestantes, la policía vigila sin dolo evidente y los turistas observan sin comprender gran cosa. ¿O todo es apariencia?

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Paso ante una librería de viejo (pequeña, oscura, repleta de libros: como debe de ser) y en una mesa junto a la entrada veo de reojo un título y me detengo de golpe: El príncipe de Maquiavelo comentado por Napoleón. No lo dudo; agarro el ejemplar y voy con él hasta la mesa del dueño, un ex-pat en sus últimos cuarentas o primeros cincuentas que se limita a decir que he hecho una buena elección y que si me aburro del libro me lo vuelve a comprar, aunque a mitad de precio. Sonrío comercialmente.

Pocos adjetivos han sufrido un vuelco tan poco agraciado como maquiavélico (quizá cínico ronde por los mismos lares). El más grande teórico político del renacimiento, o el primero de la modernidad, si se prefiere, ha quedado reducido en el imaginario popular a una suerte de genio maligno que se entretiene con el sufrimiento de los pobres y las desgracias ajenas, o algo por el estilo. En realidad era un republicano completo, impulsor de la separación entre la Iglesia y el Estado y en general con una visión bastante amoral del Estado y sus razones (sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio son un análisis fascinante y fascinado del republicanismo romano y sus consecuencias). Escribió El príncipe para Lorenzo II de Médicis —hombre bastante menos ilustrado que su abuelo apodado El Magnífico—, como un compendio de consejos para ser, digamos, un autoritario light, o al menos justo. Todo el tiempo se dirige a él, al recién estrenado príncipe, diciéndole qué puede o debe hacer en tal o más cual circunstancia, cómo reprimir a sus adversarios, cuándo y en qué contexto establecer nuevas alianzas, cómo dirigir una guerra que aniquile por entero al enemigo o cómo impulsar el bienestar y enriquecimiento de sus súbditos. Niccolò Machiavelli buscaba trabajo en la nueva corte; el príncipe ni siquiera fue capaz de comprender la «Introducción». Dicen que ignoró por entero al maestro.

Ahora bien; lo que sí resulta «maquiavélico» en el sentido antes dicho, son los comentarios napoleónicos, ebrios de yoísmo e imperialismo. Notas como «eso no me ocurrirá a mí», «soy mejor que todos ellos», «lo único que cuenta es el éxito», «ya sabré someterlos», «Machiavelli estaba lleno de buena fe», «moralista de estado», etcétera, reflejan, genuinas o no, buena parte del pensamiento político del viejo lobo francés. Digo «genuinas o no» porque la falsedad de estos comentarios no ha sido descartada (se supone, y así lo decía el subtítulo original, que el manuscrito fue hallado en la carroza de Napoleón tras la batalla de Waterloo —o de Mont Saint-Jean— el 18 de junio de 1815): obviamente, el manuscrito original «se perdió». Los tiempos eran convulsos.

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No son pocas las voces que en Guatemala reclaman la pena de muerte ante la descontrolada violencia que azota al país. En cualquier periódico se leen editoriales, cartas de lectores y comentarios varios a favor de ésta. Releyendo notas de prensa encontré unas declaraciones del ex presidente Arzú en esta misma ciudad de Antigua, donde decía «que hubiera sido más fácil gobernar sin principios democráticos»; y si el rumbo del país sigue tal cual, es muy posible que la próxima contienda electoral la gane un general, último remanente de la dictadura y su moral. La política parece muy poco maquiavélica en estos lares; lo que significa en verdad que es muy poco política.

Como si la república no hubiera triunfado del todo...

Antigua Guatemala
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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