El día es soleado y simpático, y anima mi insomnio. Hacia el mediodía salgo con un amigo a recorrer la ciudad, que de buena gana está de fiesta. El «puente» se aprovecha al máximo y el clima ayuda. La playa está revuelta de colores aunque nadie se baña en esas aguas todavía frías. Encallamos en un bar de la Barceloneta, un antiguo barrio marinero con largas y estrechas cuadras y callejones rectilíneos, donde edificios de mediana estatura dejan caer sus sombras y comprimen aún más la barriada. Se respira un saludable ambiente de blasfemias, de imposibles mezclas musicales y de dimes y diretes en plena calle. Hay ropa en los balcones, como guirnaldas, y por alguna extraña razón este conjunto variopinto, escasamente europeísta, me transporta al trópico...
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Los «primero de mayo» siempre me parecieron un poco raros en Cuba. Carecía yo —como hoy— del menor atisbo de conciencia social, proletaria o no, y los discursos de un tribuno bien poco me atraían. Además, estaba ese pequeño detalle de la obligatoriedad, que no dejaba de resultar cuando menos incómodo. Desagradable incluso. De cualquier forma alguna vez fui a la Plaza, con más curiosidad que fervor y también carente de crítica. Era un espectáculo majestuoso, con rey y todo. Los trabajadores desfilaban ante él, agradecidos por su bondad. Él, a cambio, los saludaba con su habitual autofelicidad.
A pesar de mi ignorancia al respecto –insisto, la de entonces y la de hoy— algo en todo ello parecía no concordar con el devenir lógico de las cosas, y es que en el fondo aquellas liturgias carecían ya (en los años ochenta, digamos) de componentes revolucionarios. No había manifestación, no había huelga, no había exigencia, no había propuesta, no había lucha, no había nada en todo ello que denotara, siquiera remotamente, que el proletariado era por fin el gobernante de sí mismo, el gestor de su propia existencia. Desde luego nada de esto me indignaba, se trataba de asuntos que no formaban parte de mi universo adolescente. Tan sólo llamaba mi atención. Estimulaba o revolvía algo, más nada...
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El bar es pequeño, amarillento, con una barra de madera y un espejo al fondo, mesas cuadradas y otras redondas, más altas, para estar de pie. Hay dos televisores; se transmite un partido de tenis que mantiene a los escasos comensales con la vista fija en ellos. El propietario, convenientemente ebrio, despotrica contra algo o alguien mientras su ayudante, un joven de escasos modales, lo tranquiliza con frases poco ortodoxas: «¡Que le den por culo, tío! ¡Que le follen!». Inician así las rondas de vermú y el ánimo poco a poco se acelera, en parte gracias a la espirituosidad de las cosas y en parte por la llegada al local de algunos jóvenes nativos de este barrio que insisto, debe ser palpado como el último reducto proletario en una zona privilegiada de esta cara ciudad, justo frente a la playa de la Barceloneta. A pesar de ello, el barrio no se ve agobiado por el incesante paso del turista, que más bien elude esas calles estrechas y sombrías en las que no hay ni shoppings ni cafés al aire libre ni nada interesante. Pienso en esto tras la cuarta o quinta ronda, cuando llega un grupo de manifestantes sedientos que de inmediato vuelcan su combatividad sobre la barra, a escasos centímetros de mi presencia. Ataviados con rojinegras camisetas y siglas diversas continúan gritando en un bar tan poco resistente al ruido que se oyen las meadas en el baño. Por fortuna ahora no repiten consignas, sino blasfemias.
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A estas alturas del partido mi ausencia de mí ha comenzado a ser notable y me veo ya como una entidad independiente a mi consciencia, con voluntad propia para levantar el vaso, deglutir su contenido y solicitar, siempre con extrema amabilidad, otro. Se trata del estado propio del insomnio, tras cincuenta y dos horas de vigilia. Soy adicto a las sustancias que libera mi cerebro en vela (dopamina, serotonina, qué sé yo); propicio mis ataques de insomnio tanto como los temo; aprovecho su aparición para trabajar febrilmente hasta que el agotamiento (el mío o el de la computadora) obliga a la pausa, o cuando llego a esa frontera que separa al mundo de los comunes y al del ermitaño neurotizado por su propia compañía...
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Las primeras veinticuatro horas sin dormir son un mero trámite, aceptable incluso para el neófito y el advenedizo. Al segundo día aparecen los primeros síntomas: cabeceos, embobamiento leve, ocasional pérdida del equilibrio y al mismo tiempo, conforme el cuerpo se agota el cerebro se estrecha para concentrarse en una sola cosa. La obsesión toma control de la actividad neuronal. A las noventa y seis horas –sin más drogas que cafeína y nicotina, y comiendo frugales sándwiches preparados con desgano— uno hace esfuerzos simultáneos para dormir y para mantenerse despierto. Ocurre que ninguna de las dos opciones es posible ya: el organismo está demasiado cansado para funcionar, y a la vez el estrés –la tensión creada por la obsesión— impide la relajación y el reposo. Incluso si se han abandonado los estimulantes (café y tabaco) y se hidrata con regularidad el organismo, la pérdida del apetito hace estragos. La Obsesión —ahora magnificada— no cede, se rebela con toda su fuerza abriendo las puertas al universo de los místicos, los locos y los asociales. Las elucubraciones comienzan a ser bellas y oscuras; las neuronas flotan en una suerte de pantano burbujeante, activo mas sosegado y comprendes que estás a punto de hundirte en ese plasma, o miasma o caldo de cultivo. A partir de ahí todo comienza a salir mal. La obsesión original ha desaparecido ya, quedando sólo la obsesión por la obsesión misma. La realidad se vuelve entonces un verdadero estorbo, y convivir con ella una calamidad.
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Sin darme cuenta me encuentro en otro bar, tan minúsculo que clama con orgullo ser el más pequeño del mundo. Consta de una barra de escaso metro ochenta que da a un callejón semilimpio, a un costado de la avenida más turística de la ciudad. Tras la barra, un pequeño cubículo aloja al barman. Eso es todo. Los habitués beben en el callejón, conversan en el callejón, ligan en el callejón, mean en el callejón y en general, todo lo que tiene que ocurrir ocurre en el callejón. La noche se alarga. En el camino se nos unen amigos, o nos unimos a ellos, hasta acabar a altas horas de la madrugada en un sitio insoportable, casi aséptico y con tonos rojizos. Entonces comienzo a bostezar.
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A pesar de la crisis financiera, de los despidos masivos, del desempleo acelerado, de los desorbitados precios del alquiler, de la crisis de las instituciones políticas, de las inconclusas luchas obreras y de la desesperanza generalizada, este primero de mayo y días subsiguientes fueron para mí de soberana vagancia, tal y como la fecha merece.
Eso sí, muy preocupado por el futuro del sindicalismo...
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