Adoratorio y ceremonia

Cielo y piedras. Monte Albán, 2010


El sol, inclemente, se deja caer en línea recta atravesando el mundo con su calor. A ciertas horas y en ciertos lugares puede llegar a ser un tormento cruel e inhumano, sin duda castigo de los dioses. Me calo el sombrero y camino hacia el antiguo centro ceremonial de Monte Albán, desarrollado entre los años 500 antes de Cristo y 800 de nuestra era. Se trató, desde luego, de un Estado teocrático y vertical, dirigido por una clase sacerdotal que había aprendido a observar los astros con fineza, dominando así los ciclos del cielo y de la tierra. Todos los elementos del centro ceremonial están orientados según los puntos cardinales, y a su vez, conectados mediante líneas imaginarias con otros centros ceremoniales del Valle (Yagul, Mitla) y con la antigua y lejana ciudad cosmopolita de Teotihuacan, capital del mundo conocido, abandonada desde el siglo VIII. Los señores de Monte Albán cobraban tributo a las pequeñas comunidades del Valle, quizá a cambio de protección militar y de aplacar a los dioses. Luego, en torno al año 850, fue abandonada, como tantas otras ciudades-Estado del México prehispánico, sin que se conozca con certeza el motivo de ese vacío. Durante siglos, sus ruinas continuaron siendo sagradas para los zapotecos, y ahora son parte del complejo turístico-arqueológico del México moderno.

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Es mediodía, entre semana, hay poca gente. Rara vez tropiezo con un turista; cuando ocurre digo «buenas tardes» y sigo mi camino. Allá, a lo lejos, un grupo de estudiantes de bachillerato, de una escuela privada, finge aprender algo de su pasado. Algunos hombres, ensombrerados y falsamente furtivos, venden reproducciones de piezas prehispánicas, a veces insinuando que son auténticas (toda fotocopia es en sí misma un original, diría un posmoderno). Monte Albán no fascina por su grandeza, sino por el espacio que lo rodea: es el sitio el que seduce, la explanada, el ejercicio de imaginarla llena, viva, y no protegida y agonizante. En cierto modo, este es un espacio muerto, un templo turístico no demasiado exitoso, un museo intocable. Una plaza vacía.

Deliro. El sol, infatigable, se lanza sobre mi sombra, junto al campo de pelota. Una decena de construcciones bajas, ocres como la sequía, conforman el centro ceremonial. Dos pirámides, una en cada extremo, sobresalen a las demás. En algún sitio leí que el eje que ellas forman coincide con la orientación del eje de la Tierra. No sé si es cierto, ni siquiera sé si el eje de la Tierra puede ser medido. En todo caso, en el complejo arquitectónico de Monte Albán hay dos observatorios astronómicos.

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Muchas veces, visitando un sitio arqueológico u otro, me he preguntado que habría ocurrido con esta parte del mundo si Europa no hubiera descubierto su existencia. Desde luego, incas y aztecas habrían sido los dos grandes imperios dominantes, uno al sur, el otro al norte del continente: de hecho ya lo eran, y desde luego eran tan expansionistas como cualquier imperio occidental u oriental: culturas teocráticas, militares, esclavistas, clasistas, y a la vez musicales, poéticas, arquitectónicas, matemáticas y astronómicas. Sin duda eran grandes comerciantes, viajeros; serían arrogantes y despectivos al comparar su propio desarrollo (o progreso) con el atraso real o simbólico de otras comunidades ajenas a la cultura de Estado.

Recuerdo, bajo la escasa sombra que me protege, un relato leído durante la adolescencia, que narraba el descubrimiento de Europa por parte de los aztecas; el asalto a Madrid, la imposición de una cultura y una religión (todos a adorar a Quetzalcóatl) y en general, un ejercicio de ficción colonial a la inversa, como conviene a una cultura de vencidos orgullosos de su pasado.

El México moderno se debate entre la fascinación por lo que los indígenas construyeron en el mundo prehispánico, y el desprecio al indígena de hoy, que parece representar el último estadio de la sociedad real. A la vez, en las últimas dos décadas se ha desarrollado un fenómeno interesante: una suerte de neomisticismo indígena, en realidad urbano y a veces universitario, que parece centrarse en el mundo mágico y cosmogónico, en el chamanismo y en la poética de la naturaleza, como si ése fuera todo el corpus político-cultural de las sociedades prehispánicas. El mito de un comunitarismo igualitario (o comunismo primitivo, como decían los antropólogos marxistas) quizá fuera cierto para pequeños poblados aislados, aunque sin duda debían pagar tributo a la ciudad-Estado más próxima, so pena de ser arrasados militarmente. De cualquier forma, Monte Albán no vio a las tropas de México-Tenochtitlan avanzar hacia ellos; Monte Albán se había cubierto de maleza seis o siete siglos antes de que los aztecas erigieran su poderoso imperio.

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Los herederos de Monte Albán viven en los linderos de la colina, coronada por el antiguo centro ceremonial. Se trata de barrios proletarios, con casas de lámina, ladrillo o bloques de concreto. Los caminos son de tierra, y algunos tan empinados que es necesario hacerlos serpentear diez veces para avanzar unos pocos metros. Durante décadas han exigido ser los administradores de su pasado, o los usufructuarios de la riqueza generada por sus ruinas, pero en el México moderno todo sigue siendo controlado desde la gran Tenochtitlan.

Supongo que el centralismo político administrativo actual no habría sido posible sin una cultura previa de tributo y obediencia al Tlatoani azteca. La propia política novohispana no habría tenido lugar de no haber usurpado los españoles las funciones de la aristocracia mexica; y desde luego, Tenochtitlan no habría caído (o no en ese momento) si las tropas de Hernán Cortés no hubieran contado con el apoyo de varios miles de guerreros de diversos pueblos subyugados por el imperio azteca: No comprendieron, no podían comprenderlo, que los españoles no eran libertadores, sino los nuevos colonizadores de su mundo. Y si el dios absoluto de los cristianos pudo ser impuesto es porque existían culturas político-teocráticas similares, no menos absolutistas, por cierto.

O quizá todo sea un error, un accidente derivado del hecho de que la historia de México comienza a narrarse, indefectiblemente, con el imperio de los aztecas. El escudo nacional está impregnado de simbolismos mexicas, aunque bien podría tener una cabeza olmeca, que fue la primera gran cultura de Mesoamérica, la que quizá nutrió a todos los demás pueblos. Sin embargo, siendo tan endeble nuestro conocimiento del mundo olmeca, resulta insuficiente para construir una mitología nacional sólida y convincente. Ni siquiera sabemos cómo desaparecieron. Carecen de gloria; los aztecas, en cambio, adoraban la muerte florida.

Entonces, harto de desvaríos, abandono Monte Albán.

Las ruinas me acongojan...

Monte Albán
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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