¡¡¡Aaaarrrggghhh!!!

Camarsac, 2009


El grito es, con mucho, el cuadro más conocido de Edvard Munch y, junto con La Gioconda, uno de los más reproducidos e iconoclastiados de la historia del arte. Lo curioso es que el autor realizó cuatro versiones de esta pieza, con diferentes medidas y técnicas (pastel, tempera, óleo), y una litografía, revelando con ello la facilidad, la rapidez, con la que el cuadro se convirtió en símbolo de una época. Su impacto fue tal que el autor realizó la lito para que pudiera ser reproducido en periódicos y revistas, dada la discusión pública que generó en su natal Noruega. Hasta qué punto esta expresión de kierkegaardismo radical caló en la sociedad nos lo dice uno de sus cronistas, quien sugiere a las embarazadas no visitar la exposición.

Gritar es uno de los gestos básicos del hombre; se grita por dolor, por desesperación, por rabia, por impotencia, pero también de alegría, de placer, de risa, de ganas de vivir. Cada grito tiene su sonido, transmite algo especial y provoca distintas reacciones. Los diferenciamos unos de otros. No significan lo mismo. Sin embargo, en todos los casos, el grito es el punto culminante de aquello que se quiere transmitir. Un grito de desesperación indica que no es ésa una desesperanza cualquiera, soportable, sino una tan intensa que debe ser compartida para sobrellevarla. De hecho, fue éste el título original del cuadro de Munch: La desesperación...

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El grito es también sinónimo de rebeldía, de guerra, de subversión y revuelta, y en toda mitología nacional hay un grito (un llamado) desencadenador de acontecimientos fundamentales, fundacionales, para ese ser nacional. El grito es entonces el reclamo masificado, el hartazgo a todo volumen, la denuncia colectiva vuelta razón de ser. Los gritos de guerra inflaman a las tropas y a los civiles de patriotismo, o algo, y convence y advierte a los últimos indecisos, a los cobardes o a los posibles traidores. El grito es también la máxima expresión del orden, del ordenar, del mandar, guiar y dirigir. Grita el que tiene el poder, por eso toda lucha contra éste comienza con un grito, un arrebato de la facultad de hacerlo.

Se grita cuando ya no queda otra opción, o cuando sale precipitado por las circunstancias, sin previo aviso, como reacción mecánica. Hay gritos de apoyo y de repudio (los he visto ambos), gritos nobles y otros crueles, bajísimos. Hay gritos sin sentido, de histeria colectiva o sicosis social. A veces se grita por nada y en ocasiones, cuando sí es necesario, se calla por prudencia, temor o reverencia. Hay gritos de miedo, desgarradores, y otros de éxtasis, no siempre divinos. Hay relaciones a gritos y gritos que relacionan a unos con otros. Hay gritos inútiles también, que se quedan en el vacío, inescuchados, y desaparecen sin eco ni consecuencias. Hay gritos que desesperan...

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¿Qué clase de angustia transmite este cuadro, con ese cielo rojizo, ese ser andrógino o alienígena, y ese trazo arremolinado que luego Van Gogh exageraría hasta la locura? En ese rostro, despojado de rasgos, de identidad, con la boca formando una O mayúscula y alargada, ¿habla la angustia de Kierkegaard, de Schopenhauer, de Nietzsche? Es decir, ese grito, ¿es una rebelión, una protesta contra un orden inamovible y cerrado o es, por el contrario, la angustia existencial ante la pérdida de un modo de vida, de las «formas» clásicas, ante el avance, a la vez progresista y brutal, de la modernidad? La historia del arte suele ubicarlo en el primer grupo pero, con toda honestidad, hay días en que me parece más próximo al segundo; pienso entonces que Munch no se rebela, protesta más bien contra la rebeldía de la realidad, siempre tan inasible.

Los gritos confunden. ¿Cuántas veces hemos ido corriendo al oír los de un infante, sólo para descubrir que juega y se divierte? O en la política, que cuando se expresa a gritos se vuelve más incomprensible que de costumbre. Sin importar lo que indique, el grito posee un valor propio, un «¡escúchenme! ¡atiéndanme!» profundo y definitivo. Se establece como voz única, da igual si se trata de un accidente (se ayuda primero al que grita, quizá para dejar de oírlo) o de una discusión política. A veces —¡sólo a veces, compañeros!— los gritos que parecen más revolucionarios son en verdad los más reaccionarios; y aunque supongo que a la inversa también pueda ocurrir, lo cierto es que no recuerdo haberlo comprobado.

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Una densa capa de romanticismo rodea al grito. Es lógico. El grito es un sentimiento desbordado, no el análisis de un problema sino la explosión del Uno ante éste. Es, por decirlo cursimente, expresión del alma... (y casi se pudre la mía al escribir esto). El grito parece honesto porque es visceral —hepático, quizá—, y es por esa percepción nuestra que una de las formas preferidas del chantaje es, precisamente, el grito mismo. Tiene siempre visos de ser cierto.

El grito también oculta lo que ocurre tras si. El grito de una masa da entender unidad y uniformidad, aunque una mirada atenta revele profundas diferencias en su interior, en sus deseos y pulsiones, en sus objetivos. El grito de uno, por decirlo de alguna manera, contiene los silencios de todos los demás, los cobija bajo su seno. El grito denota fuerza, aún si nace de la cobardía, de la soledad o de la impotencia. Infunde ánimo, por esa ánima de la que hablaba, y a veces temor o respeto. Hay gritos que uno prefiere ignorar. Algunos convencen y otros no; unos generan simpatía, otros su opuesto, y algunos más, terror, pánico.

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También hay gritos hermosos, bellísimos (el del orgasmo, o el de la risa cuando estalla en carcajada —que es su forma de gritar—, o el de la sorpresa genuina, el del descubrimiento o el reencuentro). Se grita igual para afirmar que para negar, para atraer que para incordiar, para exaltar o denostar. Parece que el que no grita no existe en nuestra cultura exhibicionista: en cualquier esquina hay un gritón tratando de hacerse notar, llamando la atención. Se enciende el televisor para ver cómo se gritan los demás, y las pautas del comportamiento público las acaba dictando el talk-show.

Gritan los religiosos y los políticos, los subversivos, los conservadores, los pensadores, los periodistas, los poetas y las amas de casa, sartén en mano, metáfora de por medio. Gritan los taxistas y los vendedores, los compradores, los clientes, los militares, los guerrilleros, los delincuentes, los narcotraficantes y los policías. ¿Qué significa un grito más, cuando todo es gritería? Es fácil desgañitarse gritando al viento, como los perros y los coyotes a la luna. Celebra el grito gritando y nadie te escuchará, parece...

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Así, mientras la tarde cae me dan ganas de subir al campanario, tañer la campana y gritar con todas mis fuerzas, sólo para ver qué ocurre.

Temo, empero, acabar en un sanatorio...

Camarsac

 

 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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