Me siento en la terraza de un café y enciendo un cigarro. No es tarde, pero la oscuridad ya es real. Las luces de los automóviles iluminan los árboles del parque, escenario de algunas travesuras infantiles. Comí con un viejo amigo de la escuela primaria en un restaurante cercano, tras veinticinco años de mutua ausencia. Es ilustrador y no me extraña; de niño ya era buen dibujante. Éramos cuates, nos encantaban las naves espaciales, nos nutríamos de cómics y a pesar de nuestros cotidianos esfuerzos, lo cierto es que nunca fuimos muy buenos en el fútbol. Ahora, al reencontrarnos, dedicamos tres horas al dulce ejercicio del recuerdo glorificado de la niñez, pasamos lista a los viejos compañeros de clase —dicho esto sin marxismo— y de paso se resuelve la duda: seguimos siendo buenos amigos, todavía tenemos puntos en común. Luego, nos dedicamos a desvariar sobre la industria editorial mexicana.
Me resulta interesante el hecho de reencontrar amigos de la primaria a través de las redes sociales, blogs o emails; cuando acabamos la escuela, internet seguía siendo una herramienta militar, financiera y académica, pero no pública ni social, al menos no en México. De hecho, la computadora personal era un pequeño lujo en aquellos años. Nos separamos en un momento en que los cuadriculados dibujitos de las consolas Atari eran lo máximo. Mi infancia transcurrió a 8 bits.
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A mediados de los ochenta mis vecinos tenían una Atari 2600. Sus especificaciones eran enormes: procesador de 1.19 megahertz, RAM de 128 bytes y la memoria de los cartuchos era de unos 4 kilobytes. La milésima potencia de cualquier computadora barata de hoy. No puedo recordar cuántas horas pasé con ellos jugando Pac-Man, Pole Position o Space Invaders, que entonces me parecían increíbles. No realistas —nadie pensó tal cosa jamás—, ni siquiera parecían dibujos animados. Parecían lo que eran, cuadraditos con patas, pero era lo último en tecnología popular. Luego tuve una Intellivision II, consola que tenía una jugabilidad más compleja, gráficos que siempre recordé como brutales —hasta que hace unos años encontré en la red emulaciones de algunos juegos clásicos y me parecieron patéticos—, y un sonido tremendo. Después, ya se sabe, llegaron los japoneses y arrasaron con una industria hasta entonces estadounidense.
En cierto modo los videojuegos nos prepararon para la computadora. Con ellos aprendimos a manipular el control sin mirarlo, con la vista bien fija en la pantalla, en el resultado de la acción. En las artes manuales la herramienta y el resultado transcurren siempre en el mismo plano. El pincel deja su rastro por donde pasa, funciona sólo en el soporte, la vista sigue el trazo de la herramienta, que es el trazo final. Las artes electrónicas, en cambio, se basan en una suerte de dislocación similar a la del baterista que separa sus extremidades para producir ritmos distintos con cada mano y cada pie. Es la dislocación del no mirar tus manos al trabajar con ellas. Eso era ajeno al hombre; es un proceso que comienza con la Revolución Industrial y que la era electrónica sublima. Veo al menor de mis hermanos (a quien le llevo veintiún años) jugando o trabajando en la computadora y me sorprende su velocidad y precisión, el cómo cobra vida propia cada dedo sobre el teclado o el control repleto de botones. Mi generación es de principiantes, simples aprendices de las nuevas tecnologías.
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La historia de los juegos de video se remonta, probablemente, a 1947, cuando un par de fulanos patentaron un artefacto llamado Cathode Ray Tube Amusement Device —un único ejemplar, construido y registrado, eso es todo—. En los cincuentas y sesentas aparecen videojuegos basados en las grandes computadoras universitarias, también sin impacto público. La primera consola casera data de 1972 y se llamó Odissey. Dos años más tarde aparece el célebre Pong con ese gigantesco pixel que iba de un extremo al otro de la pantalla. Fue ésta la consola que inició el fenómeno de masas, volviéndose de paso un referente cultural (una vez, en una conversación en Barcelona, uno de los jovencitos me espetó: «Joder tío, es que tú eres de los tiempos del Pong», y eso, en términos binarios, significa ser muy viejo, cosa que me ofendió). Cierro paréntesis.
El punto es que ésta fue la base de la computación casera; las primeras computadoras personales se popularizaron al amparo de la industria del videojuego; de hecho funcionaban igual que la consola, utilizaban cartuchos y se conectaban al televisor. La Comodore 64 o la Atari 800 fueron las alternativas baratas a la Apple II. Ambas tenían sistemas operativos visuales, colores y sonidos decentes, aunque a 8 bits. Fueron, incluso antes que las Apple, las primeras computadoras multimedia (la Commodore incorporaba un sampler en su tarjeta de audio, y la Atari venía de serie con el hardware para conectar sintetizadores y secuenciarlos). En esos tiempos las IBM con el sistema de Microsoft resultaban atractivas para contadores, administradores y sin duda para programadores, pero no para una generación pegada al televisor y con ganas de explorarlo. En rigor, los videojuegos representan el primer uso interactivo de una tecnología con la que hasta entonces nos habíamos relacionado de manera pasiva. La tele (la pantalla) adquirió otro significado en ese instante. Ya no veíamos, ahora también hacíamos.
En ese hacer, quemé el televisor de casa. Era un aparato viejo, pequeño, en blanco y negro. Ocurrió una noche en que mis padres fueron al supermercado y yo me quedé jugando con la consola. De pronto el televisor hizo bang y comenzó a echar humo por todos lados. Mis padres no me creyeron, y no los culpo, porque lo cierto es que tenía y tengo la manía de desarmar todo aparato que cae en mis manos. Pero en aquella ocasión no lo hice, simplemente se quemó el televisor. Gajes del oficio, supongo.
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Vuelvo al café frente al parque, en la noche. Llega una amiga a la que no veía desde hace una década. En algún momento de la conversación quiere mostrarme su proyecto y saca una pequeñísima computadora portátil de lo más coqueta. Antes, durante la comida, mi viejo amigo me mostró sus ilustraciones en un Iphone. A medianoche, al llegar a casa, enciendo la computadora y le conecto la cámara para vaciar las fotos del día. En la mañana el celular suena y varios amigos de aquellos años analógicos se comunican. Al final, sólo tengo la impresión de que el tiempo pasa y la tecnología también.
Afortunadamente...
México D.F.
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