¿Patria y nacionalidad?

Ferrol, 2009


Los puertos de la zona fueron de suma importancia durante la conquista y colonización del Nuevo Mundo; el tráfico marítimo, al tiempo de enriquecerlos despertaba la codicia de los enemigos de España; de La Coruña partió la Armada Invencible hacia su hundimiento, y al año siguiente resistió el asedio del corsario Francis Drake. Ferrol también resistió un asalto de la armada inglesa; aún quedan por ahí las muchas fortalezas que defendían la ría, algunas del todo devoradas por la maleza, el oleaje y el tiempo. La vida de toda esta región ha estado durante siglos íntimamente ligada a la historia naval española. Felipe V ordenó la instalación de los grandes astilleros en la ría de Ferrol, que tanta influencia tuvieron en la vida y economía locales. Durante el franquismo las instalaciones militares hicieron de esta pequeña ciudad un enclave caudillista, a la vez que en los astilleros se forjaban movimientos sindicales y políticos de un rojo intenso, y el binomio independencia y socialismo parecía indisoluble, aunque lejano.

La entrada de España a la Comunidad Económica Europea en los años ochenta no fue un asunto fácil: así como recibió jugosas subvenciones para paliar cierto atraso en la economía y en las estructuras sociales, así también se le impusieron serias limitaciones en la producción y/o en la exportación de mercancías a los sectores más competitivos de la industria y la agricultura española. Los astilleros (en Galicia, Asturias y el País Vasco) cerraron o redujeron tanto su producción que en pocos años quedaron semivacíos, condenados al subempleo en aras del libre mercado.

Ahora vuelve a ser, poco a poco, una región próspera. Se nota en todos los detalles. Se construye mucho, el paisaje cambia. Aparecen casas por doquier, urbanizaciones en masa, pequeñas aún pero que sin duda son la avanzada de algo más poderoso. Como siempre, el sentimiento es contradictorio: por un lado se entiende que el nuevo motor económico es el turismo y se aprovecha, claro; por el otro... esa maldita invasión. Como en cualquier país que se respete, la gente de la capital no es bien vista cuando viaja a provincia pero esa misma sensación, en estas tierras hispanas se encuentra exacerbada por las profundas connotaciones políticas que implica La Capital.

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Las discusiones sobre el independentismo en varias autonomías españolas es un fenómeno de sumo interés para todo aquel que se pregunte sobre el devenir de la nación en el contexto de la globalización. No sé si aquí están las respuestas, tan sólo indico que aquí se concentran las preguntas importantes de este tema, aunque no siempre se formulen en voz alta. Repensar conceptos como nación, independencia y patria, que por fuerza no pueden significar ya lo mismo que hace cien años, es prioritario en un debate que a su vez es tan antiguo como el Estado español. El cómo se independiza una nación moderna, el qué significa soberanía en el mundo de lo global y el cómo se divide un Estado sin implosionar y derrumbarse, son temas difíciles de tratar, incómodos incluso, pero que la sociedad toda deberá afrontar un día u otro.

En no pocas ocasiones la discusión se enturbia con viejos maniqueísmos de uno y otro bando y se estanca un tiempo más. Resucitan discursos gastados, se manipulan ancestrales miedos hurgando en todas las heridas, lo que acaba por hartar a unos e inflamar a otros. A veces se leen o se oyen declaraciones, reflexiones o simples tonterías, pronunciadas en ocasiones por los más «serios» políticos (de cualquiera de los bandos), que más que buscar una solución o inspirar una reflexión parecen querer crear más problemas, azuzar. Es una discusión compleja; la creación de una nación implica la fragmentación o incluso la disolución de la otra; en contraparte, el sostenimiento por parte de aquélla implica coartar las naturales aspiraciones de independencia de éstas.

España es compleja y no haré el ridículo intentando explicarla aquí; reduccionaré diciendo que es la unión política de distintos pueblos, de distintas culturas con distintas lenguas; primero reinos, ahora autonomías. Esta asociación fue en ocasiones de mutuo acuerdo (para combatir o defenderse de un enemigo común, por ejemplo) y en otras fruto de la conquista; en cualquier caso, desde diversos sectores, lo que está en cuestionamiento ahora es la unión misma. Se trata, en efecto, del choque entre nacionalismos opuestos, que se impiden mutuamente: Madrid no concibe España sin todo su territorio actual, en la misma medida en que Galicia, Cataluña o Euskadi quieren concebirse a sí mismas como naciones con plenos derechos, soberanía e independencia.

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A veces se olvida que el Estado-nación es una forma jurídica relativamente reciente, que comenzó a configurarse en Occidente apenas en el siglo XVIII. Antes, la organización política recaía en figuras como la ciudad-Estado o el feudo, y los ejes culturales eran más bien lingüísticos y trasnacionales: el uso del griego, del latín o incluso del francés, cada uno en su época, fue común en toda Europa sin distinción de nacionalidad. Desde luego, la religión era el más fuerte elemento identitario, siendo más importante ser cristiano o musulmán que de un territorio u otro. El nacionalismo, en tanto ideología política, se expresa con las revoluciones americana y francesa y se consolida con la emancipación del resto de las colonias del continente americano, primero, y con la caída de los imperios austro-húngaro y otomano después. Es, insisto, un fenómeno moderno.

Si bien el nacionalismo dio sentido y cohesión a las diversas luchas libertadoras, también es cierto que ese mismo nacionalismo sirvió poco después para justificar opresiones varias, algunas estrictamente nacionales y otras de orden internacional. En nombre de la patria han sido siempre reprimidos aquellos que quieren transformarla desde dentro y se ha incitado a diversas guerras exteriores en aras del orgullo nacional. El problema es el siguiente: una nación, surgida de la asociación de diversos pueblos unidos por conveniencias políticas y económicas, todas de orden inmediato, comienza pronto a reprimir a aquellos que una vez logrado el objetivo quieren a su vez independizarse de esa asociación. Es decir, la capital asume el papel de la metrópoli colonial: el «interior» obedece al «centro».

La caída del muro de Berlín dio lugar a otra reconfiguración del mapa europeo. Naciones sólidas se dividieron y otras nacieron o recuperaron su estatus independiente. Alemania se unificaba mientras Checoslovaquia, la Unión Soviética o Yugoslavia se deshacían, no sin trauma. Algunos no lo entenderán jamás pero si el nacionalismo dio origen a las naciones actuales, es el nacionalismo el que las está poniendo en entredicho. Es un arma de doble filo y nunca falta quien la empuñe por la hoja. En Europa del Este el debate en torno a lo que Lenin llamó el «problema de las nacionalidades» quedó sepultado por la construcción del comunismo, y luego, por su disolución. Entonces, la fascinación por la caída del bloque soviético generó una nube capaz de ocultar una vez más el problema de fondo: el largo conflicto entre nacionalismos que se estorban entre sí. Ocurre que el nacionalismo no puede sino reproducir los valores del nacionalismo, y explicaré esta perogrullada de la siguiente manera: Imaginemos (puesto que estoy aquí) que Galicia en efecto se independiza de España y se constituye como nación, reconocida por la ONU, con prefijo telefónico, sufijo de internet y selección nacional. Todo maravilloso, pero, qué pasará —me pregunto— el día que alguna de las provincias que conformen esta nueva nación quiera a su vez, alegando diversas particularidades, independizarse de ella...

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Deambulo por las calles bajo un sol hiriente y las sombras se alargan hasta tocar el punto de fuga. En los muros hay carteles y pintas que reclaman independencia, libertad, socialismo y muchas cosas más. En algunos se culpa al gobierno central de todos los problemas, en otros a la banca internacional, al fascismo o a la globalización. Quizá ahí radique la primera y más inmediata limitación del nacionalismo en tanto ideología política: tiende a buscar culpables a sus problemas fuera de las fronteras nacionales, olvidando que con frecuencia, pese a lo gastado de la frase, el enemigo está en casa. Y lo más probable es que el enemigo sea, también él, nacionalista.

Ferrol

 

 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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