Me instalo en una mesa ante el mar que es este lago, bajo un modesto techo de lámina, con una Toña de un litro ante mí. El nivel del agua ha subido con la última temporada de lluvias y todas las playas de la isla desaparecieron. En esta parte, el agua comienza justo al otro lado del camino de tierra, y apenas de este lado estoy yo, garabateando en mi cuaderno mientras pasan campesinos o turistas en bicicleta y un enorme cerdo se pavonea ante mí, abriéndome el apetito. La vida parece muy lenta desde aquí, o el lento soy yo, no lo sé; en todo caso, la calma me mece.
De vez en cuando salgo de la finca. A veces tengo que ir a Moyogalpa, que es algo así como la ciudad principal de la isla, a sacar dinero en el único banco de Ometepe y hacer algunas compras. Como nunca logro coordinar mi tiempo con el extremadamente flexible horario del bus, lo normal es que tenga que caminar durante una hora y media, esperar el bus durante una hora, otra hora de viaje hasta Moyogalpa, una hora en Moyogalpa para conseguir todo lo que necesito y, por último, una hora y media de regreso en el bus directo, que para cada tres minutos más o menos. Total: seis horas para comprar un par de vinos y algo de comida.
Pero a veces salgo a pasear por los pueblos cercanos —en realidad caseríos o villorrios, pero aquí son algo hiperbólicos— y saludo a todo el mundo, como he aprendido a hacer cuando he vivido en otros pequeños poblados: converso un poco con éste o con aquel y bebo una cerveza con algún recién conocido. Siempre, el recién conocido pregunta a qué me dedico y como no sé a ciencia cierta a qué demonios dedico mis días, respondo con una leve mentira: periodista. Entonces, el recién conocido baja un poco la voz y sugiere: «Cuando escribás tu reportaje tenés que poner que aquí el gobierno es una mierda y que todos son unos corruptos», dice. Le respondo que no es problema alguno, que lo haré con muchísimo gusto, y el recién conocido sonríe como si le hubiera regalado algo muy preciado: Conozco bien esa necesidad de gritar y no saber ante quién hacerlo.
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«Aquí había muchos cubanos en el año ochenta —recuerda el propietario del sitio en el que escribo, un viejo campesino de piel curtida y manos callosas y duras—: vinieron a alfabetizar y luego empezaron con sus tonterías políticas. Aquí no necesitábamos esa educación política de Cuba —continúa—, aquí lo que hacía falta era una educación técnica, científica, teórica, que nos sacara del atraso y la pobreza», dice el viejo, quien quizá no tenga estudios pero sin duda respeta el conocimiento. Como me ve escribiendo se retira, no sin una invitación concreta: « Aquí usted puede venir a estudiar tranquilo cuando quiera», y vuelve a atenazar mi mano con la suya.
El problema de la educación en el norte de Centroamérica es grave y lacerante, también estúpido. La cantidad de jóvenes anclados en la inutilidad, o en el subcomercio, en la subeconomía, es impresionante, tanto como lo es la cantidad de jóvenes con mil ideas y proyectos —culturales, agrícolas, urbanos, políticos— a quienes nadie ayuda, nadie subvenciona, ni tienen derecho a crédito bancario ni a nada que permita el desarrollo de la idea. A veces parece que hay que ser gringo o europeo para poder realizar algo en estas tierras. Junto a las taras de la educación aparecen siempre los aún más agudos problemas laborales, incluso infraestructurales, de modo que no es infrecuente la cuestión: «¿Para qué estudio, si después no hay trabajo?», y tienen razón, en parte, porque nos han inoculado la sandez aquella de que asistir a la universidad garantiza mejores empleos, lo cual a veces es cierto y, en ocasiones, más falso que la peor de las patrañas.
Desde luego, no soy el indicado para hablar de las bondades de la escuelita, pues bien pronto me aburrí de ella y la abandoné por siempre, liberándome de su ideológica presencia (es, a fin de cuentas, la principal institución de adoctrinamiento del Estado). En cambio, lo único que puedo afirmar con cierta certeza, es que nunca he dejado de estudiar, y no por el empleo, sino por esa imperiosa curiosidad que mantiene mi cerebro en constante movimiento, aún si mi cuerpo yace en la hamaca, sujeto a sus bamboleos. Cuando aprendí a leer al margen de la imposición de la lectura, y cuando comencé a escribir algo más que los tediosos trabajos escolares, todo cambió: entendí que aprender no era algo aburrido ni algo que me serviría en un futuro lejano, sino un disfrute en el aquí y ahora. A veces me obsesiono con un tema y paso semanas o meses leyendo todo lo que encuentro al respecto, y luego salto a otro, y a otro. Nunca sé en qué sentido ese saber podrá servirme, y tampoco importa: por lo pronto, aprender me hace feliz, analizar un problema proyecta una sonrisa en mi rostro y el gozo que proporciona el «ah, ahora entiendo» es apenas equiparable al del orgasmo...
Aún así, sigo odiando la escuelita, y aún sueño con una universidad en la que pueda elegir cada una de las clases: economía, historia, algo de ciencias políticas, algo de antropología, historia del arte, filosofía, matemáticas, historia de las religiones, algunos cursos de física, de cibernética, de ciencias vinícolas. Por desgracia, en el desgraciado mundo moderno, o sabes de tuercas o sabes de tornillos pero, de preferencia, no de ambos. El renacentismo ha muerto, la hiperespecialización manda. Recursos Humanos elige.
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El viejo campesino se acerca con otra cerveza y lo invito a sentarse a mi lado: «Había dos cubanos, Alfredo y Miguelito, que después de las clases me hablaban siempre de las condiciones reales de Cuba, del trabajo, de los secretos» y luego me mira con ojos expresivos y continúa: «Pero no tengo que contarle nada, usted vivió allá y sabe. Usted sabe», dice, y sonríe como un niño travieso. Entonces miro a mi alrededor y me pregunto cómo habría sido esta isla hace treinta años, o sesenta. Se dice que era propiedad de la familia Somoza, que todas las tierras les pertenecían, al igual que media Nicaragua. La revolución sandinista ensayó una reforma agraria que en efecto repartió las tierras, pero el ansiado desarrollo tardó mucho en llegar (y siguen, en muchos aspectos, a la espera del mismo). No puedo evitar preguntarme cómo se concilia la habitual idea del desarrollo, del progreso, con la calma de esta isla, con el lento acontecer de la vida, de las costumbres, de la muerte. ¿Armonizarían las grúas con los árboles, los edificios con la orilla del lago, los yates con sus aguas? Suspiro, porque comprendo que me he enamorado de este sitio, aunque sé también que si hubiera nacido aquí, condenado de por vida a esta isla maravillosa y maldita, me habría vuelto loco o poeta hace muchos años ya.
Pero eso, afortunadamente, no me ha ocurrido a mí.
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