¡Candela!

Guayaquil, 2011


La ciudad actual fue fundada en 1547 con el pomposo nombre de Muy noble y Muy leal Ciudad de Santiago de Guayaquil, y se expandió a partir de las faldas del Cerro de Santa Ana, donde hoy se encuentra el restaurado y pintoresco (también colorido) barrio de Las Peñas. Tras el incendio que en 1896 arrasó con la ciudad, el barrio fue reconstruido siguiendo patrones arquitectónicos de fines del siglo XVIII y principio del XIX, y en los últimos años se ha invertido en éste para convertirlo no sólo en una de las principales «atracciones» de la ciudad, sino, sobre todo, en un barrio amable y alegre, lleno de bares y aún poblado por guayaquileños de vida sencilla (guayacos, es el cariñoso despectivo que los quiteños usan al mentarlos).

Desde el malecón (su nombre político es Malecón 2000) se ve el cerro y sus casas de colores, y esa sola imagen actúa ya como un imán, atrayendo a los paseantes. El malecón mismo es un espacio agradable y arbolado, y el fin de semana se llena de familias y niños corriendo (algún espectáculo de payasos, un pequeño concierto, la ocre corriente del río). Al llegar a Las Peñas inicia la escalera que lleva hasta la cima, con los escalones numerados para tortura del respetable. La escalinata está dividida trasversalmente por una pasarela y, como si de una calle se tratase (en rigor lo es, aunque peatonal y en un plano inclinado) un lado se utiliza para el para el ascenso y el otro para el descenso, según acotan los letreros de «tránsito».

Más o menos a la altura del escalón número 200 me detengo a desayunar, y dos jarras de cerveza más tarde estoy listo para completar la ascensión, que culmina en el escalón cuatrocientos cuarenta y tantos, al llegar al faro y a la capilla de Santa Ana, en la cima del cerro. Desde ese punto se domina el valle, la ciudad, una impresionante mancha urbana (el término mancha me parece de lo más correcto aquí) que se extiende hasta donde alcanza la vista por la margen derecha del Guayas. Durante el descenso merodeo por estos callejones que vieron pasar a tantos elementos de la cultura y la política nacional, y también a no pocos foráneos (se enorgullecen, por ejemplo, del paso de Ernest Hemingway y Ernesto Guevara). Como ocurre con otros importantes puertos americanos, la historia de este está indisolublemente ligada a la piratería, a los ataques de los corsarios. Luego, la candela de múltiples incendios acabó con la ciudad vieja, haciéndose la nueva.

*

Me instalo en un hotel en el centro, en un barrio lleno de tienditas familiares y cerca de una gran avenida comercial. Merodeo por ahí, pero después de cuatro meses en ciudad de Panamá lo último que deseo en este instante es quedarme en una gran ciudad. Un viaje en taxi al extremo sur de la ciudad me demuestra cuán implacable puede ser el tránsito en esta urbe, y las infinitas posibilidades existentes para adelantar a otro automóvil (el taxista mueve su vehículo entre camiones y motocicletas y se escabulle sin rozar nada ni a nadie, mientras yo me aferro al asiento como un gato, con la espalda erizada).

Sí, la ciudad me harta, por eso comienzo a buscar un sitio en el cual refugiarme unas semanas y adelantar un montón de trabajo que tengo estancado. Un amigo me recomienda un pueblo en la costa: «Ahí puedes encontrar un sitio tranquilo, en las afueras del pueblo, mientras en el centro siempre hay fiesta y gente de todos lados», dice, y la idea me seduce. Husmeo en internet hasta dar con un sitio tranquilo, a medio kilómetro del pueblo y que lleva por nombre el acogedor nombre de El Refugio. Llamo por teléfono y pregunto si tienen una cabaña que pueda alquilar por mes, y la voz al otro lado de la línea responde que es una pena, pero se me acaban de adelantar. Maldigo y el hombre del teléfono pregunta qué busco exactamente: «Un sitio tranquilo donde pueda encerrarme a escribir», respondo. «Este es el sitio —dice él—, ven y aquí arreglamos. No te vas a arrepentir».

*

Abordo el bus poco después del mediodía, en la enorme Terminal de Transportes de Guayaquil, con sus más de cien andenes repartidos en tres pisos. A eso de las cuatro llego a Montañita y quince minutos más tarde estoy en El Refugio, donde dos hermanos de mediana edad me reciben con simpatía y me muestran el lugar, un conjunto de cabañas de ladrillos, maderas, bambúes y techos cubiertos de paja. Es, en efecto, el sitio justo para instalarme. Me acomodo en una habitación, saco mis cosas para apropiarme del sitio y... ¡Mierda!

Maldito imbécil que soy, estúpido miserable, tonto del culo. Distraerme de la manera en que lo hice es simplemente imperdonable. Tres años sin casa, viviendo en la ruta, en cuartuchos alquilados por semana o por mes y no me había pasado algo así. Basta bajar la guardia un instante y todo se jode. Una distracción de mierda (estúpido que soy) y me sacan las cámaras y un disco duro de la mochila. ¡Cómo se puede ser tan imbécil en este mundo! Cretino asqueroso. Si sólo fuera un asunto de dinero podría apechugar y resolver, mas no es así. O no sólo. Mi puto trabajo arrebatado, para que un maldito hijueputa haga lo que le salga del culo con él: borrarlo, destruirlo, tirarlo a la mierda. Tres años de supervivencia y una nimia distracción basta para que se me derrumbe medio mundo. Dinero perdido, trabajo perdido, ganas de matar a alguien (¡a cualquiera!), sentimiento de rotunda idiotez, odio al espejo (al reflejo en el espejo), ganas de golpear los muros, destrozarme los nudillos contra la piedra.

Sé que algún día (no sé cuándo) podré comprar otras cámaras y otros discos, pero sé que jamás voy a recuperar el trabajo perdido: los poemas de mierda, los estúpidos ensayos, los cuentos mediocres, las fotos tontas, los videos que no sirven para nada, las «toneladas» de archivos varios, lecturas recopiladas en el camino, material de estudio que no recuerdo de dónde mierda salió. Y todo es culpa mía, por distraerme una puta vez en la ruta, como si la humanidad fuera confiable, como si valiera la puta pena confiar en el puto prójimo (¡No me hablen!: en este momento odio al universo entero, empezando por mí). Ganas de arrancarle la cabeza al primer hijueputa que se me cruce en el camino; ganas de arrancarme la cabeza, por imbécil. Ganas de darle fuego a todo. ¡Candela!

Entonces, recuerdo que he venido aquí a relajarme. Respiro cien veces y me siento a escribir...

Montañita
 
Publicado originalmente en
Milenio Semanal
México D. F.
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